miércoles, noviembre 14

Vestir a mi madre


Un día sucede, sin aviso,
Que te agachas definitivamente
A ras del suelo,
Que tocas sus pies y los descalzas,
Que comienzas a mirarla desde abajo
Sin verle los ojos,
Comienzas a vestirla y ella se deja
Apoyando sus manos en tus hombros.
Y no sucede nada más,
Sin embargo, tú percibes su derrota
Y comienzas a amarla de otro modo,
Vencida tú también, ambas vencidas,
Y el tiempo comienza la cuenta atrás.

AUTORA: Begoña Abad. Poemario El techo de los árboles.

viernes, noviembre 2

Epílogo de Maletas de cartón.

 Recordando la noche de Todos los Santos, hace dos años, en casa de Micaela y Pedro. Momentos inolvidables. 

Mes de noviembre. Final del trayecto. Han sido meses de un viaje cuyo recorrido me ha llevado a escenarios e historias con las que crecí. Ha sido un reencuentro con multitud de vivencias, no exactamente olvidadas, sino veladas, ocultas por el paso inexorable del tiempo. Adentrarse en la memoria, es como encontrarse ante los hilos de un ovillo que necesita ser desenredado para crear una labor. Hay que proponérselo, tener la determinación suficiente para no perder el interés que te ha llevado a esa tarea y poner todo el empeño en conseguir romper la maraña. Creo que esta imagen se parece bastante al trabajo que he venido realizando durante este año, ya a punto de finalizar.            
Los primeros pasos de este largo y apasionante viaje por la memoria migratoria de los bedmareños, fueron en Barcelona, y a punto de llegar a mí destino, he pasado por Bedmar. Un precioso broche que cierra el proceso de una forma que no había planeado, que me ha devuelto las imágenes más genuinas de mi pueblo y, sobre todo, ha sido la confirmación de que, efectivamente, tal y como ha quedado reflejado en este libro, el vínculo de los bedmareños con su terruño y con las tradiciones heredadas de sus mayores, sigue vivo. 
A final de octubre, coincidiendo con el último domingo de ese mes, el pueblo de Bedmar traslada la imagen de la Virgen de Cuadros al santuario que lleva su nombre, en un hermoso paraje, en plena Sierra Mágina. Cada año se repite el ritual y se renueva el fervor de los lugareños hacia su Patrona. El rito no solo une a los nacidos en esa población, sino a los vecinos de las poblaciones cercanas, que suelen participar de un día festivo, más allá de la práctica puramente espiritual.
Despidiendo a la patrona 
 
En realidad se trata de una celebración entre lo profano y lo sagrado, como tantas otras prácticas propias de la religiosidad popular, que congrega a creyentes y no creyentes, y que sirve para reforzar los sentimientos identitarios de los bedmareños. Independientemente de las creencias más íntimas, de las diferencias ideológicas, sociales o culturales, este pueblo despide cada final de octubre a esa madre simbólica, en un adiós en el que se palpa una gran dosis de emocionalidad y fervor colectivos. Luego, el camino hacia el santuario, es todo fiesta, alegría y sociabilidad, y al llegar a la ermita, el repique de campanas, los fuegos artificiales, los vivas y el entusiasmo de los romeros, se derraman desde la lonja, repleta de visitantes, hasta las laderas más próximas al santuario y los caminos que llevan al río, donde los más jóvenes disfrutan de un día de libertad en contacto con la naturaleza.  
Tiene sentido que los emigrantes quieran estar presentes en una celebración de esta naturaleza. Algunos casi no recuerdan la romería, porque se fueron siendo niños, otros, no han tenido la posibilidad de volver durante muchos años, por razones de trabajo. Ahora, ya jubilados, disfrutan de esa fiesta y encuentran viejos amigos y conocidos, mientras hacen ese hermosísimo camino hacia la ermita. Así lo he constatado personalmente este año.
Los romeros caminando hacia la ermita
El calendario ha querido que coincidan estas fechas con la celebración del Día de Los Santos, fecha en la que se vive uno de los rituales de más tradición en Bedmar. En los días previos al 1 y 2 de noviembre, el cementerio, paradójicamente, se llena de vida. Y es así, porque las mujeres de cada familia se encargan de limpiar y adornar profusamente las sepulturas de sus antepasados. Cuando el día de Los Santos se hace la visita al cementerio, la sensación que recibe el visitante no es de un lugar lúgubre, ni mucho menos. El color de los cientos de ramos de flores y la luz de las velas encendidas, da al camposanto un aspecto que invita al paseo sosegado. Es un sitio de paz, de respeto y de recuerdo a los que dejaron esta vida, pero también es una ocasión para el reencuentro de aquellos que emigraron a otras tierras y vuelven a honrar a sus muertos. Somos muchos los que, aun viviendo a cientos de kilómetros, enterramos a nuestros padres en su tierra de origen y volvemos en esa fecha. Es otro signo de esos vínculos, a veces invisibles, que todavía nos ligan al lugar que nos vio nacer. 
Una pareja entrando en el cementerio 

 Para mí, han sido días en los que se han reavivado mis recuerdos más antiguos, cuando siendo aún una niña, acompañaba a mi madre y le ayudaba a limpiar y adornar la parcela donde están enterrados su padre y sus abuelos. En esos años, todavía no alcanzaba a comprender sus lágrimas, mientras hacíamos el trabajo. Ahora, siempre que puedo, soy yo la encargada de realizar las mismas operaciones, y siento esa especie de prolongación de la vida a través de las generaciones. Es un sentimiento de vinculación con mis ancestros, necesario para no perder de vista quién soy, a pesar del tiempo transcurrido y la distancia. La misma o semejante experiencia intuyo que tienen todos los emigrantes que, cada año, al llegar esta fecha, vuelven a encontrarse con su historia familiar.     
Detalles de una tumba engalanada para el Día de los difuntos
También he vuelto a las calles de mi infancia. Las he recorrido intentando poner nombre a las casas que, abandonadas, ya resultan irreconocibles. Aquí vivía “la Saldiguera”, en el callejón “las Pajarillas”, subiendo a la izquierda, “Matigüelas”; más arriba “la de Rito”, ésa es la casa de María “la Polilla”, que luego estuvo habitada por Pepa, aquella muchacha que también se fue a Azagra. Ésta es la de mi abuela... Y el llano de los juegos, a medio restaurar, parece resucitar de un largo abandono. Con mi prima Tere vamos recorriendo el Terrero y luego la Carrera Alta: ahí está la casa donde nací, remodelada no parece la misma, la tienda de Josefa “la Arguñana”, el llano de “Toscazos” que ya no es llano y la gran casona de la Obra Pía, en ruinas. Y el pilar,  resurgido e iluminado, tras largos años de desidia…Y el castillo, que tampoco es castillo, sino una triste imagen de lo que un día fue.
Casas cercanas al pilar de La Carrera 

Para cerrar el día, una reunión cuasi familiar, en la que, de nuevo, queda patente ese ser de aquí y de allí. Mestizaje cultural, degustación de gachas, una tradición de la noche de Los Santos, que acompañamos con boniatos y con los dulces “panellets” de Cataluña. Tres familias emigradas en los años 60, y Anna, una joven nacida en Barcelona, a principio de los años 70, que todavía hoy vuelve en fechas señaladas a recorrer las calles del pueblo de sus padres y abuelos.
Es inevitable que en la conversación surja ese sentimiento, tantas veces escondido en nuestro inconsciente; ese sentirnos divididos, esa identidad fragmentada de tantos y tantos emigrantes, “exiliados” de su ser originario. Más compleja si cabe, es la experiencia de la segunda generación, representada en Anna. Nacida en Barcelona, ha vivido sus veranos, desde niña en Bedmar, jugando en sus calles, disfrutando de sus paisajes, bebiendo del lenguaje y de los usos y costumbres de sus abuelos. Un joven bedmareño llamó a su corazón, la enamoró y junto a él fue otra bedmareña más. De eso ya hace unos años, pero confiesa sentirse muchas veces desplazada, ajena… aquí y allí. 
Panellets y boñatos


Gachas
El mestizaje la ha enriquecido porque tiene la capacidad de ponerse en la piel de los que se marcharon, pero también forma parte de la cultura catalana, donde ha construido parte de su ser más íntimo, en la escuela, en la universidad, en el trabajo de cada día. Escucha con interés la experiencia de sus mayores y se muestra abierta a cualquier cambio, a aceptar los vericuetos que la vida le presente de aquí en adelante. Está preparada para un futuro incierto, como tantos jóvenes de este principio de siglo, pero con más agarres emocionales que muchos, porque ha transitado por el camino del dolor y de la pérdida, cuando aún era demasiado joven. 
El reloj marca la media noche y es hora de despedirse. Sin pretenderlo, he vuelto al inicio de este trabajo, cuando un grupo de mujeres de Bedmar, emigradas a Cataluña entre los años sesenta y setenta, reunidas alrededor de una mesa, intentábamos explicar y explicarnos cómo hemos llegado a ser lo que somos; qué parte queda en nosotras de esas niñas criadas entre sierras y olivares, en los años grises de la larguísima posguerra,  y qué hemos integrado de todo lo que supone vivir en una nueva cultura. También allí evocamos desde las íntimas vivencias, esas que no solemos contar a nadie y que con el tiempo hemos asumido; se lloraron pérdidas, y sentimos la sana alegría de compartir un mundo del que somos herederas.
          
Bedmar, noviembre de 2016

viernes, octubre 19

Lola Muñones


"(…) Era una mujer emancipada, típico producto de la segunda mitad de este siglo (el XX), inteligente y capaz. Había estudiado con denuedo y conseguido como premio a sus esfuerzos una interesante profesión que no viene el caso mencionar pero en la que se movía como pez en el agua, recibía plácemes por arriba y por abajo, e incluso la hizo disponer de una situación económica de esas que se suelen calificar entre holgadas y envidiables.

Tenía todo lo que una mujer liberada puede ambicionar. Ideas respecto al mundo que la rodeaba, varias habitaciones propias con vistas, dinero y hasta a Ruphert cuando lo necesitaba. Pero en su vida existía un gran vacío. Le faltaba un hombre. No es que Lola careciera de éxito entre el sexo generalmente opuesto. Ningún problema a la hora de ligar. Pero, ¿dónde estaba ese varón impecable dispuesto a ofrecerle un anillo con una fecha por dentro, capaz de darle de cuando en cuando el reposo de la guerrera con derecho a pantufla? Los hombres no se querían comprometer con Lola. Algo habrá hecho, comentaban las comadres. Ella misma, desesperada, se decía: “Algo habré hecho”. Aunque no lograba descubrir qué.
Hasta que un día, ocurrió. A Lola, en pleno desarrollo de su quehacer profesional, se le cayeron las gafas y sin darse cuenta las pisó. Como era la suya una miopía bastante considerable, lo primero que hizo a continuación fue darse de bruces contra un archivador. En ese momento, cinco varones de la oficina, cinco, se levantaron como el rayo para socorrerla. Durante esa jornada en que permaneció sin los lentes, Lola recibió más atenciones varoniles que en toda su vida anterior. Por la noche, ya en casa, Lola –que no era tonta-, reflexionó. Y decidió no ir al óptico para que le hiciera otras gafas.
La vida empezó a ser, en el capítulo de galanterías, infinitamente más placentera para ella. Los hombres, en vez de tratarla como a una igual y luego desaparecer empavorecidos, iniciaron una nueva fórmula de relación, esa mezcla de protección e indiferencia con que se suele uno dirigir a la mujer todavía considerada sexo débil y de la que se espera admiración y flojera. Por supuesto que Lola solo les miraba con arrobo porque no distinguía bien entre Juanito y Pepito, pero ellos no se percataron. En el transcurso de la primera semana de voluntaria cegatez a Lola le salieron dos pretendientes relativamente serios.
Lo de la miopía, con todo, no era suficiente. Uno de los pretendientes huyó a uña de caballo cuando Lola comentó, entre tinieblas, que las opiniones del susodicho respecto al índice de inflación le parecían una estupidez, y el otro parecía haberse acostumbrado a verla andando siempre a tientas. Aterrada, de nuevo se hizo la fatal pregunta: “¿Qué he hecho?”. Comprendió que lo de las gafas estaba superado. Y tras mucho barruntar, cogió el cuchillo eléctrico Moulinex y se cortó las dos manos. A la mañana siguiente cuando llegó a la oficina con los muñones bien cauterizados y vendados, no cinco sino diez galanes la rodearon obsequiosamente. Y el pretendiente que parecía más fijo redobló sus encantadoras muestras de protección y ternura.
Así fue transcurriendo el tiempo. Poco a poco, la buena de Lola iba constatando que cada vez que cometía un lapsus y emitía una brillante opinión había un inexplicable retroceso en sus relaciones con los hombres, y especialmente con el que parecía más atraído por ella. Y cada vez que eso sucedía, Lola no tenía otro remedio que amputarse nuevamente algo. Ahora una pierna, ahora otra, ahora una oreja, ahora otra. En la empresa la metieron en el seguro de invalidez total y permanente, y ahora ya estaba en casa, hecha un tronquito, aunque eso sí, feliz, porque él la visitaba cada día y le traía flores y bombones.
Lamentablemente, una tarde ella le comentó que en vez de tanto dulce preferiría un libro y él estuvo 15 días sin aparecer. Cuando lo hizo, la unción de la pareja se consolidó para siempre, porque él le entregó una caja de marrons glacés y ella le obsequió con el objeto de su última amputación: la lengua, metida en un precioso estuche adamasquinado.
Se casaron en los Jerónimos a la semana siguiente. Él la llevaba en brazos, envuelta en tules. Y pensara lo que pensara, Lola Muñones estaba radiante y parecía feliz. Y es que todas las novias resultan guapas el día de su boda".

AUTORA: Maruja Torres. 1987. 

domingo, septiembre 9

El viaje de Nisha: el patriarcado islámico impone sus reglas

Después de unos meses de sequía cinematográfica, he tenido que trasladarme a Cádiz para poder ver algo interesante, ya que en Jerez nos han dejado a merced de una programación cinematográfica insufrible. Hace días llamó mi atención un título: El viaje de Nisha, una película dirigida por una mujer de origen asiático, pero nacida en Noruega. Es en ese país donde transcurre la historia que nos cuenta Iram Haq. Una familia paquistaní, aparentemente integrada en una sociedad culturalmente tan diferente y tan distante como la noruega, pero que de puertas para adentro mantiene los cerrojos echados a las costumbres que ya ha asumido de forma natural su hija adolescente. De pronto, Nisha, con 16 años, toma conciencia de esa distancia, cuando no tiene ninguna posibilidad de tener unas relaciones normales con sus compañeros de colegio, concretamente con un muchacho que parece enamorado de ella. Las circunstancias que dan lugar al drama no pueden ser más inocentes, pero los padres, incluso el hermano mayor, reaccionan de forma totalmente desmedida. Nisha se ve expulsada de la casa familiar y acogida por los Servicios Sociales de la ciudad donde vive, que tratan de mediar sin conseguirlo, porque el padre, de forma obstinada, se niega a entablar un diálogo. Simplemente impone sus reglas, a las que la chica tiene que doblegarse, a riesgo de ser expulsada del núcleo familiar.
Las conversaciones que mantienen los miembros adultos de la casa, incluido el hijo mayor giran en torno al honor, la vergüenza, el qué dirán, etc. etc. Algo que no resulta tan extraño en nuestra cultura, si volvemos unos años atrás. Y es que, tal y como se narra, las familias paquistaníes forman una especie de grupo compacto a través del cual parecen estar defendiendo su identidad, frente a los valores y las costumbres de la nueva sociedad. Se visitan, se aconsejan, se apoyan… En definitiva, reproducen en el norte de Europa sus tradiciones comunitarias y no muestran ningún interés por cambiarlas. Eso, naturalmente la generación adulta. Mientras tanto, sus hijos e hijas se están socializando en una cultura totalmente abierta, laica e individualista. Hay un momento en el que el padre recrimina a Nisha su conducta con una frase que lo dice todo: ¿Qué quieres, vivir sola como estos desgraciados? Con esta pregunta el hombre está señalando una característica de la sociedad nórdica: el individualismo.Miedo a ser absorbidos, a ser señalados y abandonados por su comunidad de origen. Miedo a perder las tradiciones que les hacen sentirse seguros, reconocidos e integrados en su grupo de origen.
El padre es el brazo ejecutor de los castigos, algunos de ellos desproporcionados a todas luces y poco creíbles. Lo mismo que algunas conductas de Nisha tienen algo de insensato, aunque son comprensibles si pensamos en una joven de 16 años, nacida en Noruega y que ya no comprende que sus actos puedan ser castigados con ese nivel de crueldad.
Pero quiero destacar el papel de la madre. Resulta curioso la poca capacidad de empatizar con una hija que, antes de estallar el drama, era una niña modelo que preparaba su ingreso en la Facultad de Medicina. No, la madre, así como las demás mujeres adultas de la película, no sólo son transmisoras de los valores culturales, sino las que los reproducen a través del control y del apoyo a la figura patriarcal y tremendamente intolerante, hasta el fanatismo. Ambos, padre y madre, así como el resto de la familia, están dispuestos a sacrificar la vida y el futuro de Nisha para no traicionar sus viejos principios morales. Tal vez al final, sólo al final, el padre duda, aunque la directora nos deja con el interrogante.
Una película que hace pensar en los conflictos de tantas y tantas familias que dejan un mundo en el que la obediencia a la ley del padre es incuestionable, y la vida familiar un bunker donde nadie tiene derecho a entrar. En ese sistema, las hijas especialmente son objeto de una continua vigilancia por los varones de la casa. Son ellas las que públicamente deben seguir guardando el honor familiar.
Educadas en otro sistema de valores, vestidas como sus compañeras de colegio, con un móvil en el bolsillo y escuchando a Beyoncé, es difícil que no se produzca un choque, ya no generacional, sino cultural. Pero lo más grave es lo que emocionalmente supone para todos. Ni los Servicios Sociales, que en el caso de la película tratan de mediar, ni los jueces, aplicando las leyes que pretenden proteger a los menores de padres intolerantes, podrán evitar una ruptura traumática dentro de un núcleo familiar que, en su medio, era perfectamente funcional, y en contacto con otra civilización se rompe en mil pedazos.
Es inevitable que historias como éstas, quizás menos dramáticas, pero igual de conflictivas y dolorosas para sus protagonistas, ocurran cerca de nuestras casas. Me temo que no somos conscientes de lo que supone para la segunda generación de inmigrantes, nacida en los países europeos, esa transición entre lo que aprendieron de la tradición familiar y los nuevos valores en los que ya están inmersos. No es suficiente, creo yo, con decir eso de “donde fueres haz lo que vieres”, o quejarse de que ellos no quieren integrarse” La sociedad de acogida tiene que estar preparada para asumir estas nuevas realidades humanamente muy duras y complejas. Europa es ya un mosaico multicultural, eso es inevitable y no nos queda más remedio que aprender a gestionar esa realidad. El Estado y sus instituciones se tendrán que dotar de herramientas que vayan más allá de lo estrictamente legal, porque judicializar los conflictos familiares no va a producir más que traumas y sufrimiento y no ayuda a un proceso de integración en el que todos tenemos una parte de responsabilidad. No hay integración donde no hay acogida, diálogo y comprensión del otro. El esfuerzo debe ser de doble dirección.
¿Acaso es tan fácil ver que tu mundo se desmorona sin poder evitarlo? ¿No deberíamos intentar ponernos en la piel de quien tiene que sufrir ese desgarro? ¿O acaso pensamos que los padres de otras culturas no sufren por las mismas cosas que nosotros?

martes, agosto 28

LA VERDAD DE UN ESPACIO

Aquellos que nunca sintieron la verdad de las hoces silbando en mitad de la cebada, ni olieron la luz del pan de la pobreza, ni escucharon la voz del aire vespertino agitando las granzas en la era del verano, ni hallaron el óxido de la emigración abierto en la carne humilde de las máquinas abandonadas en mitad de un corralón, ni se sentaron encima de un panal tras caerse de bruces sobre una cagarruta, ni nacieron a la vida en un pueblo de posguerra, ni rozaron la mancha eterna del sudor escrito en las viejas camisas de franela colgadas en el sueño de una España gris que cubría de silencio a los perdedores. El dolor de aquel tiempo aún no se ha evaporado y sigue horadando el sol de mis entrañas. Aquellos y aquellas que nunca defecaron entre las sombras azules de un corral o en la penumbra ocrácea de una cuadra, ni tocaron la hierba dormida en las aceras de un pueblo olvidado en el vino de posguerra, ni abrazaron los tallos agrestes del centeno, ni subieron costales de trigo fermentado a la oscuridad violeta de las cámaras, ni sintieron crujir el alma de los carros cargados de bálago en la amanecida...
Quienes nunca escucharon la voz del pregonero agitando el murmullo de las callejuelas, su voz de tabaco horadando las esquinas. Aquellos y aquellas con corazón de asfalto que nacieron instalados en la era de internet, en mitad de una urbe de un millón de almas, rodeados de parques y esbeltos edificios, que no olieron la mugre añil de las carteras ni el olor de la carne en bodegas de penumbra, vienen ahora a contarme qué fue el mundo rural, la áspera vida de aquel ámbito agreste que, debido a su edad, nunca conocieron. Y encima lo exaltan ninguneando a aquellos que vinimos al mundo, por suerte o por desgracia, en mitad de un espacio pobre, campesino, oloroso a boñigas, a barro y a miseria que la memoria infantil cauterizó y regurgitó a través de la poesía, de la soledad, el silencio, el miedo, el frío que a veces me habita al hablar, o resucitar, el perdón, la tristura, el dolor de aquella época que ellos y ellas por suerte no habitaron y, sin embargo, hoy creen que han descubierto olvidando que el tiempo, aferrado a la memoria, no es solo inocencia y también melancolía, sino plena conciencia de lo que un día vivimos y sabemos que nunca, jamás, regresará.
Alejandro López Andrada, 26 de agosto, 2018

martes, julio 31

La siempre compleja relación entre madre e hija

Comparto la crítica de Elvira Lindo a este estupendo libro que acabo de leer. No tengo mucho más que decir que lo que Elvira nos cuenta. 
"Siempre me ha sorprendido ese momento vital que a algunos les llega, tan cansinamente descrito, de leer solo a los clásicos, o como se suele decir con coquetería por estas fechas veraniegas, de releerlos. Sucede, dicen, cuando uno comienza a tener conciencia de la fugacidad del tiempo y no está dispuesto a perderlo con bobadas. Visto así, tiene su lógica, pero también la tiene el pensar que hay clásicos de los que no tuvimos noticia, que es tanto lo que ignoramos como lo que conocemos, y que un clásico, en el canon estrictamente personal, es aquel libro que llega a tu vida para quedarse y marcar lo que a partir de ahora leas o escribas. Ésa ha sido mi experiencia con Apegos feroces, de Vivian Gornick, periodista y escritora que nació en el Bronx en 1935, y que cuenta, desde una primera persona que es la suya, la difícil, dramática, estrecha y agobiante relación que mantiene con su madre a lo largo de la vida. Estas memorias se publicaron en 1987 pero es ahora cuando nos llegan a nosotros, y tal vez tiene su sentido que se hayan publicado con retraso, porque retrasados andábamos en ciertos asuntos. No es el libro de Gornick un ensayo académico o un análisis del lazo materno-filial, al contrario, es pura, hermosa y elevada literatura, pero aborda asuntos que ahora nos interesan más o que han entrado en el debate social: la maternidad, el siempre denso, fructífero y correoso lazo de una madre con su hija; el amasamiento de la propia vida para crear literatura, y la certificación, como sonido de fondo, del devenir histórico y de cómo afectaba a la vida íntima de las mujeres. Las historias que nos cuenta la neoyorquina se articulan a lo largo de tres años, desde los 45 años de ella y los 77 de la madre, hasta que tiene 48 y su madre 80. Pasean y hablan. Pasean y discuten ásperamente. Todo narrado con una prosa precisa y directa, a veces descarnada, que solo se vuelve orquestal cuando se detiene en la maravilla de los parques del Bronx, esa irrupción abrumadora de la naturaleza salvaje en la urbe que concede a la gente humilde un lugar bajo el cielo en el que respirar a lo grande, más allá de los mezquinos apartamentos en los que las familias se apelotonan. Vivian y su madre se cuidan y se sufren en una convivencia tan estrecha como la cocina y el saloncito desde cuyas ventanas observa la madre a las vecinas, y la hija anhela esa vida que cree que se le escapa. En ese espacio mezquino se construyen unos lazos familiares que son más fuertes que el amor: “La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora. Estamos atrapadas en un estrecho canal de familiaridad, intenso y vinculante: durante años surge por temporadas un agotamiento, una especie de debilitamiento, entre nosotras”. Lo cierto es que el ánimo de ambas mejora si en los paseos por Manhattan se dedican a rememorar el pasado, a volver a esa escalera de vecinos del Bronx, o de vecinas, porque aunque hay hombres en el relato su presencia es tibia, casi fantasmal; Vivian sólo es capaz de recordar con nitidez la relación entre aquellas mujeres que conformaban una comunidad férrea, de ayuda mutua pero también de estricto control moral. La madre, judía, ama de casa, socialista, recta e inflexible hasta sofocar el aire que respira su hija, es el centro de ese universo femenino de clase trabajadora. Una de esas madres dramáticas que hacen que la maternidad sea causa y consecuencia de su sufrimiento, haciendo notar impúdica, machaconamente, que hubiera podido gozar de otra vida de no ser porque se entregó a un marido y a unos hijos. De no ser por el amor. El amor, esa palabra que se vuelve odiosa para una hija harta de que la madre recuerde los sacrificios que hizo por ella. Aunque esta madre y esta hija muestren una brusquedad que resulta menos habitual en estos tiempos, reconocemos en esa relación algo de la nuestra, la constatación de que el vínculo materno-filial va más allá del puro cariño; es poseedora de lazos aún más hondos, en los que se agitan los reproches y la imposibilidad de la ruptura. Así es, una madre es para siempre; una hija también. Vivian Gornick escribió este maravilla, ya un clásico para mí que acabo de leerlo, hace 30 años. Yo lo he sentido en mi presente, lo he introducido en mi vida íntima, para entenderla y para entenderme un poco mejor. Cierro el libro y me descubro con lágrimas en los ojos, conmocionada por una verdad que no por ser dura es contada con menos belleza".
https://elpais.com/cultura/2017/07/07/actualidad/1499439113_358720.html

lunes, julio 2

Un drama sobre el descubrimiento de la sexualidad


A pesar de las risas a destiempo, de la luz de algún móvil que otro, y de las conversaciones de esa gente que se cree sentada en el sofá de la sala de estar, a pesar de todo, pude disfrutar de una película sobre la que no sabía nada, pero que supo mantener mi interés durante más de una hora y media. 


“En la playa de Chesil”, es una adaptación de la obra “Chesil Beach” del escritor británico Ian Mcewan. Desconozco la novela, pero lo primero que pensé al salir del cine es que probablemente me va a gustar incluso más que la película. Quizás algunos puntos de la historia, que no quedan suficientemente explícitos para poder comprender a sus protagonistas, en el lenguaje literario estén mejor narrados. No obstante, se trata de una historia bien contada, excepto en el tramo final. 
La película está ambientada en Inglaterra, concretamente en el año 1962. Ese dato es muy importante para poder acercarse a esta historia de amor con una mirada comprensiva y hasta compasiva. Los  Beatles o los Rolling Stones estaban a punto de revolucionar la música popular juvenil,  la minifalda ya iniciaba su camino hacia una libertad de las costumbres y de la sexualidad de las mujeres en las grandes ciudades, las revueltas del Mayo francés no tardarían en llegar. En definitiva, esta historia está situada a caballo entre una época de represión y tabúes y el cambio cultural que se produjo durante esa década de los sesenta.  


El romance entre Florence, una violinista sensible, de una clase media conservadora, y Edward, un brillante estudiante de clase trabajadora, tiene tanto de historia de amor como de drama interno de dos jóvenes inocentes que no saben cómo quererse. Algo que para muchos y muchas de los que nacimos al amor en un tiempo de oscurantismo como la época franquista no resulta tan ajeno.
Una historia de amor intensa. Dos almas candorosas, dos soledades que con una simple mirada parecen descubrir el uno en el otro eso que necesitan: alguien diferente, pero en quien pueden confiar, con quien pueden compartir sus éxitos y anhelos más íntimos. A él le entusiasma Elvis Presley y la música rock, ella sólo escucha música clásica, pero ahí radicaba el atractivo, en la diferencia, que se expresaba incluso en la forma de vestir y de comportarse: ella refinada y extremadamente juiciosa; él más tosco e impetuoso.


La historia familiar de ambos la vamos descubriendo a través de los flashbacks que dejan ver sus experiencias vitales, el mundo doméstico donde habían sido educados. La noche y el día.  Pero la película empieza con la luna de miel de Florence y Edward, muy jóvenes ellos, muy enamorados ellos, muy inocentes ellos, pero sobre todo llenos de miedo ante una realidad que nunca habían abordado, ni en la práctica ni en la teoría: la sexualidad.
Seguro que a los espectadores jóvenes, tan alejados de épocas en las que el primer tabú social era el sexo, les puede producir un ataque de risa. Tal y como se vive el sexo en la actualidad; la precocidad con la que los adolescentes despiertan a ese mundo que de tan trivial ha perdido ese mínimo misterio que lo hacía tan deseable como sublime, contrasta con esa negación que se produce en esta historia, con el silencio y el freno que la protagonista del film pone a cualquier intento del muchacho por acercarse, aunque sea aprovechando la oscuridad del cine; una práctica que en la época resolvía la falta de momentos para la intimidad, en España y parece que en Inglaterra. 
Hasta tal punto la sexualidad está ausente de la feliz e idílica relación, que el día de la boda todo salta por los aires.  Desde la butaca asistimos estupefactos a la inseguridad y torpeza con que Edward se acerca a su esposa la noche de bodas, y no digamos la tremenda incomodidad y miedo de Florence cuando su compañero inicia el primer contacto íntimo. Una escena absolutamente desgarradora y dramática, que acaba con la huida de ella de la habitación. 


No comprendo, sin embargo, a las señoras mayores de sesenta años, vecinas de mi butaca, que parecían divertiste mucho con la situación. ¿Tal vez les recordaba situaciones similares que quieren endulzar ahora con un humor fuera de lugar? Sí, debo confesar que me enfadó mucho la conducta de estas mujeres, porque no correspondía al dramatismo de la escena, pero sobre todo porque cualquier mujer que haya vivido sus primeros amores en la España de los años 50 y 60 puede sentirse más o menos identificada con la protagonista.
Pero… ¡Ay cuanto miedo inexplicado en la joven y dulce Florence! ¡Cuántos silencios escondidos detrás de ese gran fracaso. Una noche que podría haber colmado los deseos reprimidos, que debería de haber convertido el temido misterio del cuerpo suyo y ajeno en ternura, complicidad, descubrimiento… Y, sin embargo, de nuevo el silencio, la incapacidad de ambos para dejarse ir… Me lo puedo imaginar. No es difícil para mí sentirme en un momento Florence y por eso, más que reír sentí empatía y pensé que un poco más de tiempo, y sobre todo menos miedo a abrirse en canal, a comunicarse confiadamente, podría haber descubierto algo importante: que la sexualidad, cuando corre paralela al respeto y la ternura, no es ese pozo escuro y repugnante, (Florence la califica de este modo) lleno de horrores y culpas que seguramente, aunque no de forma explícita, le fue transmitida en su ambiente social.   
Si hablar de sexo no continuara siendo tabú quizás podríamos descubrir muchas historias como las que nos cuenta esta película. Desgraciadamente la educación sentimental que recibimos las generaciones nacidas antes de los años 70 del siglo pasado no posibilitaba que el encuentro íntimo entre un hombre y una mujer fuera una experiencia libre, tierna y gozosa para ambos. En cuanto hurgas en ese aspecto de las vidas de las mujeres mayores, de una forma más o menos velada, aparece la represión, el miedo y el sentimiento de culpa.       
Y salimos del cine con una pregunta que quizás la novela responda. ¿A caso Florence tuvo en sus primeros años alguna experiencia traumática que influyó de forma tan enfermiza en el desarrollo de su sexualidad? Me queda pendiente una lectura que aclare esta duda.