sábado, enero 19

Sin decir adiós

Mientras escribo sobre mis años como estudiante universitaria, de una forma casual, me entero de que Amparo ha muerto. La esquela que encuentro publicada en La Vanguardia del 18 de agosto de 2018 me deja perpleja. Se me hiela la sangre y siento frío mientras recorro con la mirada las notas sobre su fallecimiento. Ella vivía en Barcelona y hace unos años que nos dejamos de ver. La distancia y las circunstancias personales y familiares nos distanciaron, aunque para mí siempre será alguien especial en mi vida. ¿Cómo puede ser? Aún no me creo que aquella mujer tan alegre, optimista, discreta, dulce e inteligente ya no esté con nosotros. Otra muerte.  Cada vez son más las personas que desaparecen de mi vida. 
La conocí en la Universidad. Ella había estudiado Derecho y era funcionaria de la Diputación desde muy joven. Llevaba casi veinte años sin trabajar porque había pedido una excedencia para poder criar a sus hijos. Volvió a la universidad a estudiar historia y allí coincidimos. Tenía siete años más que yo. Eso la convertía en alguien más sabio para mi escasa experiencia de la vida, pero además era muy equilibrada. Su serenidad me atrajo desde que la conocí en aquella clase; un seminario sobre historia de la Revolución Francesa, en la que yo exhibí, como tantas veces, mi orgullo de clase. 



Luego, cuando ya teníamos confianza, me solía recordar aquel día, mientras nos reíamos a carcajadas. Su percepción sobre mi persona no pudo ser más negativa; una exaltada comunista, dispuesta a despotricar contra los burgueses ilustrados, líderes en la Revolución Francesa

domingo, noviembre 25

Mal de piedras. Recomendable lectura

    Confieso mi recelo inicial ante el estrépito montado en torno a una obra tan delicada, inquietante y silenciosa como Mal de piedras, y no he podido evitar compararlo con la relativa indiferencia con que ha sido acogida la primera novela de la española Cristina Grande Naturaleza infiel, con la que comparte planteamientos en torno a un grupo familiar, sensibilidad, percepción psicológica y finura estilística. Ambas novelas nos seducen desde la primera página. 
    Uno de los aciertos de Agus ha sido elegir a una narradora joven que narra hechos que no necesariamente ha vivido y que por lo tanto puede contar con cierto distanciamiento sin dejar de identificarse. De ahí la sutileza en la estructura, en las relaciones psicológicas y en la voces sin estridencias, a pesar de que la novela gira en torno a algo tan escurridizo y “pasado de moda” como la felicidad, el amor y la locura.

miércoles, noviembre 14

Vestir a mi madre


Un día sucede, sin aviso,
Que te agachas definitivamente
A ras del suelo,
Que tocas sus pies y los descalzas,
Que comienzas a mirarla desde abajo
Sin verle los ojos,
Comienzas a vestirla y ella se deja
Apoyando sus manos en tus hombros.
Y no sucede nada más,
Sin embargo, tú percibes su derrota
Y comienzas a amarla de otro modo,
Vencida tú también, ambas vencidas,
Y el tiempo comienza la cuenta atrás.

AUTORA: Begoña Abad. Poemario El techo de los árboles.

viernes, noviembre 2

Epílogo de mi libro Maletas de cartón.

 Recordando la noche de Todos los Santos, hace dos años, en casa de Micaela y Pedro. Momentos inolvidables. 

Mes de noviembre. Final del trayecto. Han sido meses de un viaje cuyo recorrido me ha llevado a escenarios e historias con las que crecí. Ha sido un reencuentro con multitud de vivencias, no exactamente olvidadas, sino veladas, ocultas por el paso inexorable del tiempo. Adentrarse en la memoria, es como encontrarse ante los hilos de un ovillo que necesita ser desenredado para crear una labor. Hay que proponérselo, tener la determinación suficiente para no perder el interés que te ha llevado a esa tarea y poner todo el empeño en conseguir romper la maraña. Creo que esta imagen se parece bastante al trabajo que he venido realizando durante este año, ya a punto de finalizar.

viernes, octubre 19

Lola Muñones



"(…) Era una mujer emancipada, típico producto de la segunda mitad de este siglo (el XX), inteligente y capaz. Había estudiado con denuedo y conseguido como premio a sus esfuerzos una interesante profesión que no viene el caso mencionar pero en la que se movía como pez en el agua, recibía plácemes por arriba y por abajo, e incluso la hizo disponer de una situación económica de esas que se suelen calificar entre holgadas y envidiables.

Tenía todo lo que una mujer liberada puede ambicionar. Ideas respecto al mundo que la rodeaba, varias habitaciones propias con vistas, dinero y hasta a Ruphert cuando lo necesitaba. Pero en su vida existía un gran vacío. Le faltaba un hombre. No es que Lola careciera de éxito entre el sexo generalmente opuesto. Ningún problema a la hora de ligar. Pero, ¿dónde estaba ese varón impecable dispuesto a ofrecerle un anillo con una fecha por dentro, capaz de darle de cuando en cuando el reposo de la guerrera con derecho a pantufla? Los hombres no se querían comprometer con Lola. Algo habrá hecho, comentaban las comadres. Ella misma, desesperada, se decía: “Algo habré hecho”. Aunque no lograba descubrir qué.

domingo, septiembre 9

El viaje de Nisha: el patriarcado islámico impone sus reglas

Después de unos meses de sequía cinematográfica, he tenido que trasladarme a Cádiz para poder ver algo interesante, ya que en Jerez nos han dejado a merced de una programación cinematográfica insufrible. Hace días llamó mi atención un título: El viaje de Nisha, una película dirigida por una mujer de origen asiático, pero nacida en Noruega. Es en ese país donde transcurre la historia que nos cuenta Iram Haq. Una familia paquistaní, aparentemente integrada en una sociedad culturalmente tan diferente y tan distante como la noruega, pero que de puertas para adentro mantiene los cerrojos echados a las costumbres que ya ha asumido de forma natural su hija adolescente. De pronto, Nisha, con 16 años, toma conciencia de esa distancia, cuando no tiene ninguna posibilidad de tener unas relaciones normales con sus compañeros de colegio, concretamente con un muchacho que parece enamorado de ella. Las circunstancias que dan lugar al drama no pueden ser más inocentes, pero los padres, incluso el hermano mayor, reaccionan de forma totalmente desmedida. Nisha se ve expulsada de la casa familiar y acogida por los Servicios Sociales de la ciudad donde vive, que tratan de mediar sin conseguirlo, porque el padre, de forma obstinada, se niega a entablar un diálogo. Simplemente impone sus reglas, a las que la chica tiene que doblegarse, a riesgo de ser expulsada del núcleo familiar.
Las conversaciones que mantienen los miembros adultos de la casa, incluido el hijo mayor giran en torno al honor, la vergüenza, el qué dirán, etc. etc. Algo que no resulta tan extraño en nuestra cultura, si volvemos unos años atrás. Y es que, tal y como se narra, las familias paquistaníes forman una especie de grupo compacto a través del cual parecen estar defendiendo su identidad, frente a los valores y las costumbres de la nueva sociedad. Se visitan, se aconsejan, se apoyan… En definitiva, reproducen en el norte de Europa sus tradiciones comunitarias y no muestran ningún interés por cambiarlas. Eso, naturalmente la generación adulta. Mientras tanto, sus hijos e hijas se están socializando en una cultura totalmente abierta, laica e individualista. Hay un momento en el que el padre recrimina a Nisha su conducta con una frase que lo dice todo: ¿Qué quieres, vivir sola como estos desgraciados? Con esta pregunta el hombre está señalando una característica de la sociedad nórdica: el individualismo.Miedo a ser absorbidos, a ser señalados y abandonados por su comunidad de origen. Miedo a perder las tradiciones que les hacen sentirse seguros, reconocidos e integrados en su grupo de origen.
El padre es el brazo ejecutor de los castigos, algunos de ellos desproporcionados a todas luces y poco creíbles. Lo mismo que algunas conductas de Nisha tienen algo de insensato, aunque son comprensibles si pensamos en una joven de 16 años, nacida en Noruega y que ya no comprende que sus actos puedan ser castigados con ese nivel de crueldad.
Pero quiero destacar el papel de la madre. Resulta curioso la poca capacidad de empatizar con una hija que, antes de estallar el drama, era una niña modelo que preparaba su ingreso en la Facultad de Medicina. No, la madre, así como las demás mujeres adultas de la película, no sólo son transmisoras de los valores culturales, sino las que los reproducen a través del control y del apoyo a la figura patriarcal y tremendamente intolerante, hasta el fanatismo. Ambos, padre y madre, así como el resto de la familia, están dispuestos a sacrificar la vida y el futuro de Nisha para no traicionar sus viejos principios morales. Tal vez al final, sólo al final, el padre duda, aunque la directora nos deja con el interrogante.
Una película que hace pensar en los conflictos de tantas y tantas familias que dejan un mundo en el que la obediencia a la ley del padre es incuestionable, y la vida familiar un bunker donde nadie tiene derecho a entrar. En ese sistema, las hijas especialmente son objeto de una continua vigilancia por los varones de la casa. Son ellas las que públicamente deben seguir guardando el honor familiar.
Educadas en otro sistema de valores, vestidas como sus compañeras de colegio, con un móvil en el bolsillo y escuchando a Beyoncé, es difícil que no se produzca un choque, ya no generacional, sino cultural. Pero lo más grave es lo que emocionalmente supone para todos. Ni los Servicios Sociales, que en el caso de la película tratan de mediar, ni los jueces, aplicando las leyes que pretenden proteger a los menores de padres intolerantes, podrán evitar una ruptura traumática dentro de un núcleo familiar que, en su medio, era perfectamente funcional, y en contacto con otra civilización se rompe en mil pedazos.
Es inevitable que historias como éstas, quizás menos dramáticas, pero igual de conflictivas y dolorosas para sus protagonistas, ocurran cerca de nuestras casas. Me temo que no somos conscientes de lo que supone para la segunda generación de inmigrantes, nacida en los países europeos, esa transición entre lo que aprendieron de la tradición familiar y los nuevos valores en los que ya están inmersos. No es suficiente, creo yo, con decir eso de “donde fueres haz lo que vieres”, o quejarse de que ellos no quieren integrarse” La sociedad de acogida tiene que estar preparada para asumir estas nuevas realidades humanamente muy duras y complejas. Europa es ya un mosaico multicultural, eso es inevitable y no nos queda más remedio que aprender a gestionar esa realidad. El Estado y sus instituciones se tendrán que dotar de herramientas que vayan más allá de lo estrictamente legal, porque judicializar los conflictos familiares no va a producir más que traumas y sufrimiento y no ayuda a un proceso de integración en el que todos tenemos una parte de responsabilidad. No hay integración donde no hay acogida, diálogo y comprensión del otro. El esfuerzo debe ser de doble dirección.
¿Acaso es tan fácil ver que tu mundo se desmorona sin poder evitarlo? ¿No deberíamos intentar ponernos en la piel de quien tiene que sufrir ese desgarro? ¿O acaso pensamos que los padres de otras culturas no sufren por las mismas cosas que nosotros?