domingo, julio 17

De memoria y olvido

Sentados en la confortable cafetería de un hotel en la Gran Vía madrileña, diría que todos esperan impacientemente el turno, sin saber qué es exactamente lo que tienen que contar. Pero no hay precipitación, aunque en algún momento se cruzan dos conversaciones. Hay ganas de compartir, de conocerse y de colaborar en algo que ni siquiera saben qué puede ser. Al final todos escuchan con atención a sus compañeros, que van, poco a poco, entrando en ese rincón olvidado donde las vivencias duermen silenciosas a la espera de ser rescatadas. Alguien las zarandea, sacude el inconsciente con afecto e interés y de pronto surgen anécdotas, retazos sueltos de la infancia, sin un hilo conductor, pero con la suficiente fuerza emotiva como para arrastrar tras de sí la memoria grupal,  que podría llegar a ser colectiva. Hay en el ambiente una especie de hálito que se percibe como un lazo con el que todos se sienten identificados.


El personaje protagonista, por el momento, es el famoso cura que gobernó la Iglesia del pueblo durante varios decenios. Es increíble el anecdotario popular en torno a este hombre, y cómo han ido pasando de boca en boca las pequeñas y no tan pequeñas hazañas con las que coronó su reinado sacerdotal. Casi todos han presenciado algún bofetón, afrenta o humillación, siempre con criaturas inocentes que no podían defenderse. ¿Cosa de los tiempos de represión que se vivieron?, ¿cosa de su mal carácter? Pero algo tan real que ha quedado en la memoria de muchos de nosotros.  Los chicos vivieron la morbosa y malsana curiosidad, tras la celosía del confesionario, regodeándose en detalles y momentos de secretas prácticas adolescentes. Se comenta la ostentación de que hacía gala, cuando instaló el primer televisor en su casa, así como la falta de  modestia y la arrogancia de su carácter. Vaya, que no se puede decir que lo adornaran las mejores virtudes cristianas, justo lo que predicaba en el púlpito durante la homilía. Pero no, no era un cura que hablara demasiado de virtudes y bondad humana. Más bien lo recordamos como alguien que disfrutaba señalando a alguien o amenazando con el fuego del infierno a los pobres pecadores que día a día soportaban estoicamente sus sermones. Es  el tema, el gran tema. No sólo en esta ocasión, sino en cualquier otra donde haya más de dos personas del pueblo, siempre sale a relucir don Antonio. A eso se le llama dejar huella.
Y cuando el tema ya no da para mucho más invito a salir de la Iglesia y recorrer los escenarios domésticos de nuestra infancia.  Y es ahí donde aparecen esas pequeñas cosas del día a día, ese lugar entre sierras, la casa familiar, más o menos modesta, en el barrio de arriba, donde mucha gente nunca puso los pies. O la de la avenida principal que hacía pensar a la gente que aquella familia tenía posibles. Se habla de la escuela, de las niñas reparadoras de comunión diaria, vigiladas por el ojo o los ojos que todo lo veían. Niñas que nunca rompieron un plato porque la severidad del ambiente las tenía asustadas.
Escuchamos con atención las vivencias de una mujer que fue como una madre desde muy chica; atendiendo una casona, muy cerca del pilar, haciendo tareas de mayor y a pesar de todo, siempre vital y juguetona. También ella se marchó muy pronto a trabajar, a ganarse la vida, y perdió durante años el contacto con su lugar de origen. Carmen ha vivido mucho, ha sufrido como tantas otras lo que no se debería sufrir, pero su fuerza interior ha triunfado.  No importan sus nombres: Antonia, Carmen, Tere, María José, María Ángeles… Tantas y tantas que aprendieron muy pronto la diferencia entre vivir en un mundo de costumbres y exigencias morales, y la libertad de la ciudad. Pero también la soledad, los miedos ante lo novedoso y desconocido. Pequeñas heroínas que se han hecho mujeres y ahora vuelven la mirada a ese mar de olivos de Mágina. 

Cristóbal habla de amores frustrados a causa de las diferencias de clase, uno de los grandes temas y sobre el cual, Juan M. se extiende, aceptando de forma muy honesta que fue muy tarde, después de llegar a Madrid y vivir otras experiencias, cuando tomó conciencia de esa realidad social. De pronto, se dio cuenta de que había demasiados niños con los que nunca tuvo ningún tipo de contacto y empezó a preguntarse el porqué de eso. Ahora lo sabe y está seguro de que aquella infancia transcurrió en una sociedad muy clasista, aunque no está de acuerdo con esa percepción tan extendida sobre su familia, a la cual se la suele situar entre las clases acomodadas. Entonces, ¿cómo es que varios hermanos de mi padre emigraron? Las cosas no son tan sencillas como parecen. 
Entre café y café, surgen diferentes temáticas, vivencias de unos y de otros. Recordamos todos la cantidad de niños que salieron hacia los seminarios y que gracias a eso pudieron acceder a una educación, e incluso llegar a la Universidad. Son los chicos nacidos a final de los cuarenta y principio de los años cincuenta, generaciones que pasaron por la experiencia religiosa, pero sólo como un medio. Eran muy pocos los que podían estudiar, así que el Seminario era una buena solución.  Ellos, muy niños, no tenían muy claro por qué se los llevaban con los curas, lejos de la casa familiar, pero ahora adultos saben que fue un paso muy importante para su futuro.  
Risas, sorpresas, contrastes vitales… Un encuentro lleno de empatía y afecto. Todas las vidas  tienen valor; todas provocan interés en los asistentes al café de la tarde. Pero hay un momento en que el tono de la charla se transforma, por obra y gracia del relato de Matías. Al menos es esa mi percepción. Aquí hay emoción, me digo a mí misma. Y es que la forma como vivió él su paso de la infancia a la juventud le ha dejado una huella muy profunda.
Lo escuchamos…, y aparece ante nuestros ojos, traído de una época ya remota, ese niño sensible y curioso que no encuentra su lugar. Matias no era capaz de vislumbrar un horizonte vital motivador dentro del ambiente limitado e irrespirable de muchacho campesino. Todavía tiene la herida que le causó el abandono escolar con muy pocos años, antes de finalizar los estudios primarios. No son sólo las palabras, sino la emoción que bulle en su interior lo que me impresiona. Y esa huida, lejos del paisaje y los afectos de la infancia, en busca de su lugar. Demasiado joven todavía para imaginar siquiera qué era eso tan prometedor que él intuía, pero estaba resuelto a iniciar una aventura en Madrid. Y allí estaba, con sólo 13 años y todos los sueños sin estrenar. Aprendiz en una farmacia y aprendiz de la vida sin apenas protección, con la fragilidad de un adolescente y la fortaleza de un muchacho curtido en los caminos rurales, contemplando amaneceres, acarreando la mula, ayudando al padre en la siembra, en la era, en la recolección de la aceituna; soportando fríos y calores, escuchando los juramentos de los viejos, cuando había un mal año de lluvias y se perdía la cosecha…
Ese era el mundo de Matías, las vivencias que le han ayudado a lo largo de la vida a no perder de vista de dónde viene, quién es, y cuáles son las cosas que hay que defender a capa y espada. Memoria, sí; esa que tanta gente ha perdido, o que algunos niegan, transforman o manipulan. Él la tiene a flor de piel, y si no la busca como sea: habla con personas que completen esos vacíos inevitables producidos por el paso del tiempo; rastrea los documentos que llegan a sus manos de mil maneras, indaga,  pregunta… Desconoce su sabiduría porque le sobra humildad y porque su sed de conocimiento no tiene límites.  No es ninguna sorpresa que posea tantos datos sobre el pasado del pueblo, sobre las familias pudientes que gobernaron la localidad durante años; incluso que se apasione con esa parte tan dolorosa que llaman Memoria Histórica y defienda con arrojo su clarísima posición ideológica. Será porque he tenido más de una conversación con él, y creo conocerlo un poquito, por lo que puedo decir de él que es un hombre bueno.  Diría que no es de risa fácil, pero tras esa imagen severa se esconde un ser humano sensible, amable y respetuoso. Del resto, tengo pocas referencias, sólo intuiciones y alguna vivencia compartida, como en el caso de María Antonia, con la que recorrí cientos de veces las calles empinadas y empedradas de la infancia. Pero el hecho de que hayan acudido a este encuentro con el pasado, los convierte para mí en personas valiosas. Su presencia esta tarde sobrepasa la simple curiosidad. Es interés por “el otro”, por el semejante, y también, por qué no, un ejercicio de toma de conciencia sobre lo que un día fuimos todos y que conviene no olvidar.  

                             

2 comentarios:

  1. Me hubiese gustado participar en el debate. Naci en el 52 y fuí de los que tuve que emigrar con mi familia a Barcelona. Cada vez que analizo aquella época, en mi caso corta ya que marche en plena adolescencia me aparecen los puntos tratados y alguno más: D.Antonio, ahora sería impensable un perfil así como sacerdote, todo lo que habéis comentado es cierto, aunque añadiría un detalle que era "vox populi" el origen de su fortuna que después heredaron sus sobrinos. Lo de los seminaristas (casi todos ex) siempre he pensado que es un fenómeno que permitiria por si solo una tesis doctoral ¿por que en una familia iba uno y no otro? este hecho marcaba el futuro de los hermanos, uno continuaba en el campo y el otro hacía carrera ¿por que unos al diocesano y otros a los Redentoristas? este último fue mi caso ¿quizás era por su relación con una determinada familia del pueblo? ¿quizás por que los Redentoristas eran la brigada de soporte de Semana Santa? Recuerdo. casi con miedo, las diatribas que nos lanzaban desde el púlpito. Muy interesante lo de la memoria histórica, mi abuelo paterno, Pedro Molero Catena, fué de los fusilados por los denominados rojos, me hubiese gustado estar en el pueblo para haber intentado identificar el sitio donde lo enterraron, no creo que nadie haya hecho nada en este sentido, esté País, en esto también,sólo interesa el famoseo mediático, Garzón y compañía se dedican a García Lorca y algún ilustre más. Me gustaría haber conocido a Matías, seguramente seremos coetaneos, coincido con muchos de sus planteamientos. Os continuaré siguiendo. Un abrazo. José Mª Molero Valdivia

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    1. Gracias José Maria. Estoy contenta de que alguien se haya lanzado a decir algo. Ya sabemos lo que pasa en Bedmar. Siempre el tabú ahí, aunque en los corrillos se habla de todo ello. Te he enviado una solicitud de amistad en Facebook y desde ahí quiero hablar contigo sobre tu colaboración en el proyecto que estoy llevando a cabo, con la participación de un buen grupo de personas de Bedmar. Un saludo.

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