lunes, febrero 1

Volver

Aquella mañana, el despertador había sonado muy pronto, sobre las siete. Después de un desayuno en el que no faltó el bendito zumo de naranja, que me resultaba tan necesario para despertar, me dirigí hacia la parte baja del pueblo. El tren que cogía cada día,  quedaba a unos veinte minutos de la casa. En las mañanas de primavera era un agradable y  vitalizador  paseo, así que no me costaba trabajo, ni echaba de menos disponer del tan preciado carné de conducir.
Claro que, al llegar la noche, o cuando ya llevaba unas cuantas horas en la ciudad, la vuelta a casa se convertía en una trabajosa “excursión” de la que ya empezaba a estar harta. Hacía más de veinte años que vivíamos en una población del cinturón metropolitano de Barcelona. Cuando llegamos allí yo era joven: tenía poco más de treinta años. Era capaz de casi todo y pensaba que aquella casa que conseguimos con tanta ilusión iba a ser la última. El lugar era adecuado para criar a nuestros hijos con libertad y aire puro y la ciudad quedaba relativamente cerca.
Ahora, mis hijos habían crecido, eran suficientemente mayores como para independizarse; de hecho, uno de ellos ya se valía por sí mismo y el otro quería volar. Yo, me había quedado sin trabajo y desde ese momento empecé a fantasear con la posibilidad de volver al Sur: ese lugar mítico de donde salí con apenas 15 años. El  verano anterior conseguí convencer a mi marido, de que era bueno comprar una vivienda en una ciudad mediana de la Baja Andalucía, aprovechando los bajos precios y mi entusiasmo por vivir en la zona.  
Mis viajes diarios a Barcelona tenían una razón: empezaba un curso formativo para preparar esa vuelta. Era el momento de iniciar un trabajo autónomo, quizás una pequeña librería, donde ganarme la vida y seguir activa.
Sobre las 8,45 llegué a la estación de metro de Glorias. Era un día normal y no pensé en nada especial. Bajé del tren y,  lentamente, me dirigí a la escalera que llevaba a la calle. Crucé las puertas de salida, franqueadas por las taquillas, donde unos empleados atendían a los viajeros.
Los andenes de la estación en la actualidad
Me sorprendió verlo todo tan parecido a cómo lo recordaba: el pequeño bar con su mostrador y los taburetes, donde la gente se tomaba el primer café del día; y fue entonces cuando, entrando en el pasillo subterráneo que llevaba a la calle, el corazón empezó a latir más deprisa de lo normal. Notaba su aceleración, al tiempo que  contemplaba, como si lo viera por primera vez, ese túnel tan lejano y al mismo tiempo tan familiar para mí. Salí a la calle y, sin que pudiera decidir nada, mis pasos se dirigieron a la calle Bolivia. Pero ahora ya estaba llorando. Las lágrimas corrían por mi rostro,  y aunque era evidente que estaba en plena calle, no me importaba: quería llorar. Quería llorar, y quería volver a ver aquel lugar. Después de casi treinta años allí estaba: un edificio de planta cuadrada, haciendo esquina: Manufacturas Petronius, S.L. Bolivia, 32. ¡Asombroso!, estaba tal y como lo recordaba: un gran portalón por donde se entraba a los talleres y donde descargaban los camiones de reparto.

Cinco plantas y sótano, iluminadas con grandes ventanas que dejaban entrar el aire y la luz, pero que formaban parte del muro; sólo que cada hueco se cerraba con una especie de cuadrículas de metal que tenían la función de marco de pequeños cristales. Era una edificación funcional, con amplias naves, en cada una de las cuales había una pequeña separación para oficinas. Se confeccionaba ropa masculina, principalmente, aunque a final de los años sesenta, una de las plantas se dedicó a la ropa de mujer, que hasta entonces se confeccionaba en otro edificio.  
Delante del edificio, con mis compañeros de trabajo (año 1968)
Las imágenes fueron apareciendo poco a poco, al  tiempo que un llanto dulce y balsámico dejaba su sabor salado en mi cara. No quería preguntarme el porqué de aquella emoción incontrolada; me sentía bien y prefería dejar hablar a algo que había quedado dentro de mí,  y que ahora, muchos años después afloraba. 

2 comentarios:

  1. Eres genialmente maravillosa cuando escribes Feliz de haberte encontrado

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    1. Después de muchos meses, encuentro este comentario. Me deja sin palabras, emocionada y con ganas de saber quién es esta mujer tan generosa que recibe mis relatos de esa forma. Muchísimas gracias, amiga MuCha. Un abrazo.

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