martes, enero 15

El muchacho de la fila de atrás



La foto le llegó como por casualidad. En un primer momento ni se fijó en los rostros de los muchachos; había pasado mucho tiempo y la mayoría de ellos no significaban nada para ella. Luego, en una segunda mirada llamó la atención ese muchacho delgado, con cara de niño, cabello ensortijado y despeinado, un jersey de lana, hecho a mano, con cuello alto,  algo gastado y demasiado corto; como si lo hubiera heredado de su hermano mayor. Lleva una especie de bolso colgada en el hombro; parece una capacha de esparto, o quizás una de esas damajuanas que se cubrían con pleita. Mira a la cámara, con la cabeza alta, algo artificial en su pose. No hay duda: es él. Aquel chiquillo que, siendo todavía muy niña, llamaba su atención. 
 Era guapo, diferente a los que pasaban cada día por delante de su casa, muy temprano, porque con sólo trece o catorce años ya trabajaba en el campo. Le gustaba… claro que le gustaba porque había en él algo que lo diferenciaba del resto de sus vecinos, generalmente más rústicos y con rostros sin ningún tipo de atractivo.
Mientras observa la foto con detenimiento, intenta recordar algo que tenga que ver con él y busca en su memoria, algo gastada por el paso de los años.  Su empeño da resultado. Evoca la tarde de cine Victoria. Una película de paisajes idílicos y exóticos y muchachas hermosas, seguramente en Tahití. Él se había situado en la fila de delante, con sus amigos y, como otras veces, chicos y chicas establecían una relación más parecida al juego que a otra cosa; algo así como un coqueteo adolescente, muy propio de esa época de represión de la espontaneidad. Se sorprende al recordar el diálogo entre ellos: escasos minutos, pero de una intensidad tal que ha quedado prendido en su memoria, a pesar de su sencillez e inocencia. Ella comenta sobre la protagonista de la película, que la ha dejado admirada:

-           - Qué bonita es la chica

-           - Tan bonita como tú-, responde el muchacho, dirigiéndose a ella desde la fila de delante.

O algo así, piensa en ese momento, mientras sonríe nostálgicamente. Porque, en realidad, no está segura de que fueron esas las palabras exactas, pero sí el sentido de lo que él le dijo. ¿Por qué no ha olvidado ese momento?, piensa. Algo tan inocente, tan sencillo, tan tonto incluso.

Han pasado más de cuarenta años y no recuerda haberlo visto en todo ese tiempo. Cada cual tomó un camino diferente y no llegaron a coincidir en los viajes al pueblo. Este año, en su visita al cementerio, vio su nombre en una lápida. Se paró en seco delante del panteón y volvió a revivir aquella tarde de cine, cuando sólo eran unos niños y no se atrevían a poner nombre a los sentimientos.     

3 comentarios:

  1. Preciosa historia!!!, me ha encantado a pesar del final pelin triste. Lo importante de estos sentimientos es que quedan grabados en el corazón toda la vida

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  2. Me ha encantado tu relato, que no sé por qué me parece un pelín autobiográfico....Eso es lo bueno de la imaginación ante lo leído, que intentas ponerle rostro a los personajes, y si son ficticios, pues te los inventas.Es lo que estoy haciendo.Ya le he buscado hasta la localización espacio-tiempo.Cine Chamorro, por los años 60 y pico,entrada a diez reales, sillas de enea, ruídos de pipas y sueños adolescentes.¿Quién no vivió escenas parecidas o imaginadas? Hasta teníamos un descanso en mitad de la peli para que se pudiera poner el segundo rollo de película.Todo muy artesano.Era nuestro momento democrático, todos sentíamos igual.
    Gracias,Teresa, bueno por aquellos tiempos aún no habías" crecido" tanto y eras Tere todavía.Pero siempre apuntabas maneras.....Besos.Juanita

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  3. La adolescencia es una época muy triste, en cierto modo, ¿no? Porque estas cosas dejan huella en nosotros.
    Gracias por estar ahí.

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