miércoles, diciembre 2

El género epistolar

Siempre me ha gustado escribir y recibir correspondencia. Desde muy chica he visto a muchas madres y novias llegar a mi casa, pidiendo a mi madre que les leyera las cartas que llegaban de Alemania, Suiza, o de las distintas ciudades españolas donde se hacía el servicio militar por entonces. Aquello era todo un arte y muy pocas personas lo podían desarrollar, porque el analfabetismo era altísimo, sobre todo en las mujeres. Así crecí; escuchando las retahílas propias del formalismo epistolar: encabezamiento, desarrollo y despedida, siempre igual, repetitivo, calcado…  
Querido hijo: espero que al recibo de la presente te encuentres bien, nosotros todos bien, gracias a Dios. 

 Luego,  una vez explicadas con todo detalle las novedades sobre lo que había pasado en el pueblo en el último mes, o semana; los enfermos en la familia, los entierros, bodas, nacimientos, etc. llegaba la despedida, no sin antes referirse a todos los que le mandaban recuerdos, con sus nombres y sus apodos.  
Y sin nada más que decirte, se despide de ti esta que lo es…

 No toda la escritura epistolar se puede enmarcar en este estilo un poco rancio, de lenguaje anquilosado y nada creativo estilísticamente hablando. Existen verdaderas joyas en este género literario y de hecho se han publicado muchos libros en los que encontramos hermosísimas cartas de amor, o de amistad fraternal. En eso los escritores y artistas han sido todo un ejemplo, aunque muchas personas anónimas guardan correspondencia que podría hacer las delicias de los aficionados al género.  
Precisamente este es mi caso. Desde principio de los años setenta guardo más de trescientas cartas del tiempo en que mi novio de entonces, hoy mi marido, estaba en el servicio militar. Confieso que me resisto a deshacerme de ese trozo de vida personal por algo que tiene que ver con mi gusto por la historia, pero también porque, como ya he dicho,  soy una aficionada a este género y para mi tiene un gran valor sentimental y emocional todo lo que se dice en esa correspondencia. Igual me ocurre con las cartas que a lo largo de veinte años he cruzado con mi amiga Ángeles; una relación que nació de ese modo, a través de una larguísima epístola en la que nos presentábamos. Me acostumbré a mirar el buzón, siempre esperando aquellas páginas, su letra un poco antigua, pero perfectamente legible y con un trazo que daba la sensación de firmeza. Cuando llegaba no podría esperar, enseguida abría el sobre y la leía, primero de un tirón,  sin fijarme mucho; luego, volvía a releer, paladeando cada palabra e intentado ir más allá,  queriendo adivinar los estados de ánimo y las preocupaciones que podría haber detrás del texto.



 Por desgracia estas cartas han dejado de llegar. La última tiene fecha de abril de 2008 y nunca la echó al correo. Me la envió su hermana, junto con fotos antiguas, algunos recuerdos y todas las que yo le había enviado a lo largo de estos años. Ángeles ya no está y esas últimas palabras ya no eran las de una mujer lúcida e inteligente. Los trazos eran inseguros, porque su cabeza ya no podía dar órdenes precisas a su mano. Ángeles nos ha dejado para siempre y se ha ido en silencio, sin poder expresar su dolor, o su miedo, o su amor por las personas con las que se relacionó: un final en soledad, sin palabras, sin una mano o unos ojos en los que buscar consuelo.   
En mi casa tengo mis cartas y las suyas; ni más ni menos que la historia de dos mujeres, tan semejante seguramente a la de muchas de nuestra generación. Ella siempre decía que a través de mis palabras, de las luchas, proyectos, éxitos, amores, desamores… que le transmitía en la correspondencia,  se podía hacer una historia sentimental de las mujeres de toda una época. También yo pienso lo mismo de las suyas, pero además, estoy segura de que escribir puede ser un acto creativo y terapéutico al mismo tiempo. Así lo entiendo y por eso he decidido seguir enviando mis cartas a Ángeles. El vehículo va a ser esta revista digital, en la que me han invitado a colaborar. A través de este recurso literario quiero mantener el lazo de unión con mi amiga; hablarle, como siempre he hecho de las cosas cotidianas, de mis ilusiones de mujer ya madura; quiero compartir con ella los momentos de placer que encuentro en esta vida que a ella le ha durado tan poco.
Alguien puede pensar que al fin y al cabo esto es sólo una excusa y que se trata de una ficción, a través de la cual me quiero expresar…y de hecho es así. Lo que está claro es que serán cartas que no tendrán respuesta y que en mi buzón nunca más encontraré ese sobre con su letra, alargada y firme.

            TERESA

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