sábado, julio 8

La parra en el patio abandonado

“Lo que me da más pena es no poder llevarme la parra, el mejor regalo que me hizo mi padre”. Volvían a su memoria aquellas palabras dichas en uno de esos momentos en los que soñaba con marcharse de la casa, irse muy lejos, hacia el sur y cambiar de vida.  Y esta tarde calurosa de finales de junio, contemplando el patio algo desvencijado, falto de una mano de pintura, con la pérgola descolorida de tantos años de abandono, repite, como si de un mantra se tratase, que le da pena, que lo único que no va a poder llevarse es esa preciosa parra que tamiza la luz del sol de mediodía y convierte el patio en un oasis de paz y frescor cuando el calor del verano aprieta. Y presume delante de los inquilinos que, a partir de ahora, van a disfrutar de lo que fue un hogar y ahora es sólo una casa… grande, cómoda y bonita, eso sí, pero ya no es su casa. Mirad… qué jazmín. El invierno pasado lo tuvimos que podar porque estaba muy mal. Ahora, en tres o cuatro meses, ha renacido y este verano podréis deleitaros con el  aroma que desprende al anochecer. Y el limonero… Ahora está triste, pero también volverá a regalaros el perfume del azahar y más tarde sus frutos, unos hermosos limones que podréis saborear.
Echa un vistazo final a la cocina y pasa el testigo a Silvia, la joven que pronto llenará el espacio de nuevos aromas y sabores; que llenará de vida el lugar donde pasó tantos años cocinando, mientras escuchaba, se informaba y se emocionaba con Iñaqui Gabilondo, en los programas mañaneros de La Ser. Evoca las conversaciones alrededor de la mesa cuadrada, a la hora del almuerzo, o la cena. Se alegra cuando la inquilina le dice que le gustaría quedársela. Es una pena perder estos muebles que tienen historia, su historia, la de sus hijos, la de su familia. Cómo me gusta esta cocina, exclama en voz alta, aunque de hecho está hablando para sí misma, mientras rememora tantas cosas...
Sube el primer tramo de la luminosa escalera y de pronto se sorprende dirigiendo la mirada a la pared del descansillo, donde siempre hubo un gran espejo, en el que se daba los últimos retoques. Qué curioso, piensa. Ha sido automático, el mismo gesto de siempre, a pesar de los años… Camina descalza sobre el parqué de madera. Recién pulido, parece nuevo, brilla y da calidad y calidez a las estancias del primer piso. Cuánto hemos puesto entre estas cuatro paredes, piensa. Y ahora está a punto de decir un adiós más definitivo que otras veces. Adiós a un tiempo de juventud y de ilusiones, pero también de soledad y de dolor, por qué no decirlo. Por eso, durante estas semanas de ir desnudando la casa han sido tan intensos en emociones. Y por eso ya no quiere volver a pasar por ese batiburrillo de recuerdos y sentimientos.
La casa está a punto para añadir a su historia otras historias, las de Silvia, Marc y su hija. Los ve llenos de ilusión, abiertos a nuevas experiencias, y siente que, como ellos, cuando aún eran jóvenes y estaban llenos de vida y de esperanza, también darán a estas paredes el espíritu que una casa necesita para convertirse en un hogar.       

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