jueves, octubre 11

La Carrera Alta: recuerdos borrosos y nítidos de la vida cotidiana (y final)



En general eran las mujeres las que daban color y vida a mi calle. Barriendo la puerta a primera hora de la mañana, mientras daban un repaso a las noticias del pueblo, o a los dimes y diretes;  pasando la brocha con cal de vez en cuando, para que la fachada estuviera en condiciones,  arreglando la casa con alegría, cantando coplas, o con los discos dedicados de la radio, que siempre estaba funcionando: Antonio Molina, Marifé de Triana, Juanito Valderrama, Concha Piquer,  Manolo Escobar, Lola Flores… 
Mujer encalando la fachada

Como las puertas estaban abiertas, la música se desparramaba por las calles e iba calando en nuestros oídos y en nuestro corazón. No es raro que, pasados los años, yo pueda recordar las letras de todas las canciones y hasta me guste cantarlas de vez en cuando. Es mi parte folklórica, que he tenido que esconder durante mucho tiempo, porque todo eso, en según qué ambientes,  se asociaba con una época muy negativa y con incultura. Así que ahora, siempre que se presta, me lanzo y escenifico alguna de esas coplas de amores traicioneros, de desamores y desengaños.  Es mi alma andaluza que se ha mantenido viva, a pesar de la distancia y del tiempo, pero sobre todo, es el fruto de una experiencia sentimental que nunca se pierde. 
La radio de la época
 Como digo, las mujeres y la gente menuda, eran los que daban color y sonido a La Carrera y aledaños:  callejeando, chillando, peleándose… porque la vida se hacía en la calle. Pero mucho más en verano,  cuando, después de calor de la siesta y el aseo correspondiente,  salíamos con la merendilla, el hoyo de aceite casi siempre, muy repeinados,  con ropa limpia y aquellas sandalias de goma, con las que nos sudaban tanto los pies,   a disfrutar del empedrado de la calle, recién regado y fresquito.  Ellas, las madres, y las muchachas casaderas,  con la silla pequeña, se sentaban junto a la puerta a hacer labores, incluso las niñas, aprendían muy pronto las artes de sus mayores con la aguja o el bastidor. 
Comiéndose un cacho de pan
Muchacha bordando en el portal. Navalcán (Toledo) 1955.
Fotografía Inge Morath

Una imagen que se me ha quedado de los veranos es el vocerío del confitero, cuando pasaba vendiendo helado: “Al rico helaoooo mantecaooooo”, era lo que pregonaba.  Las criaturas procurábamos que las abuelas, o las madres nos dieran dos reales. Con eso no teníamos para el cucurucho, pero sí al menos  para una oblea,  a la que le ponía una paleta de helado por encima. Era la novedad de esas tardes veraniegas, aunque, como digo, pocos podíamos tener el placer de consumir el rico helado de Ildefonso el confitero. Ildefonso era primo de mi padre; un primo muy lejano, seguramente, pero era muy cariñoso y a veces me regalaba el cucurucho más pequeño, o la oblea, con un poquito de helado.  Son imágenes y experiencias que no se olvidan.
Carrito de heados de los años cincuenta
 Otro de los pequeños placeres que podíamos tener algunos,  eran los garbanzos tostados. Pasaba el Quico, con una cesta de mimbre, en la que portaba garbanzos y cañamones.  Mi madre me daba un vaso y yo corría a la cámara y lo llenaba a rebosar de garbanzos. A cambio, el Quico nos daba un vaso de garbanzos tostaos, aunque con menos cantidad, para ganarse algo, el hombre.  Esas eran las chuches que nos permitíamos algunos, porque claro, los que no tenían cosecha de nada, tenían que comprarlos y no había dinero.
Muchachita portando agua de a fuente
Me parece estar viendo al anochecer a los muchachos en las esquinas de las calles que daban a La Carrera: El Terrero, Bermejo, La Obra Pía, la Calle de don Jesús o la calle Jiménez, esperando a la muchacha a la que pretendían. Las mujeres, sobre todo las que tenían hijas casaderas, y también las más churreteras,  estaban al acecho; así corrían las noticias,  de boca en boca:
-        ¿Te has enterao…? El otro día vi a fulanito esperando en la calle. Parece que  está queriendo a la hija de menganita…
Ellas, las muchachas,  salían  al anochecer a recoger agua del pilar. Con el cántaro en el anca, y bien arregladas, aunque sin pasarse, con la ilusión de ver al pretendiente y  con la esperanza de que él se acercara a darle charla.  Aunque también es cierto que había que hacerse la dura, para tener buena fama. Las buenas eran las que se hacían rogar, y ¡pobre de la que se saliera de madre! Podía quedarse para vestir santos y no como ahora, que son ellas las que dan el primer paso y pocos  tienen en cuenta el pasado de las muchachas a la hora de casarse. 
Escena más actual de gente tomando el fresco en La Carrera
La verdad es que el sistema era un poco tosco,  y no sé si algunas veces acababa como el rosario de la aurora. Creo que una vez el pretendiente le puso el pié delante a una, con la sana intención de que se parase, ya que ella se resistía,   y la joven acabó en el suelo y se quedó sin dientes.  Así era como se iniciaban los noviazgos, hasta que el muchacho tenía el permiso del padre para hablar en la puerta y salir de paseo a la vista de todo el mundo; eso sí, ni de la mano, ni del brazo, ni nada de nada. Todo muy decente.
Escena familiar bedmareña en una tarde veraniega
 Por cierto… No sé por qué, pero recuerdo que en aquella época se peleaban mucho las vecinas. A voces, diciéndose de todo menos bonita. Un insulto muy propio de la época era “Perdularia”, una forma de decir sinvergüenza o algo así.   ¡Y no digamos si te decían “Marrana” era el peor insulto que una mujer podía recibir. Ser curiosa era el mayor honor de las mujeres en esa época. 
Total, que por cualquier cosa se montaba una trifulca buena en mitad de la calle y luego se decía: “Fulanita no se habla con menganita”. Yo creo que muchas veces era por los niños, por alguna peleílla entre nosotros. 
Escena callejera de niños jugando en los años 60
 Lo cierto es que eso me ha quedado muy grabado, y era por un lado un espectáculo que nos sacaba del tedio y la rutina diaria, pero por otro era un poco violento. Como las peleas entre las familias gitanas, que también de vez en cuando la montaban y llegaban a las navajas. O al menos es lo que se decía, a no ser que yo fuera una peliculera y me inventara esas historias. 
Eran tres o cuatro familias y estaban muy integradas en los barrios donde vivían.  Rafael el Gitano era el más popular. La familia tenía una casa por encima del ciego. Ramona, su mujer,  se dedicaba a la venta de telas. Pasaba por las casas enseñando los retazos de lienzo, para los calzoncillos de los hombres, las camisas y ropa interior en general, que se tenía que confeccionar toda. 
Justillo de lienzo. Prenda que llevaban en lugar del sostén
Pero sobre todo, las madres procuraban ir juntando las sábanas del ajuar de las muchachas casaderas, poco a poco, desde que eran adolescentes. Recuerdo que las mejores eran de la Viuda de Tolrá, una marca catalana que tenía mucho prestigio por entonces. Ni que decir tiene que regateaba bastante en todo el proceso de compra venta y siempre se llegaba a un acuerdo.   
Canzoncillos de lienzo de la época
Rafael el gitano, arreglaba las fuentes, los lebrillos, y demás cacharros de porcelana, o de barro. Les ponía unas lañas y ¡hala!, otra vez a funcionar. ¡Cuánto duraban las cosas entonces! 
Un hojalatero arreglando un barreño
Además,  Rafael, se encargaba de ponerles las herraduras a los animales de carga. Son oficios que se fueron perdiendo por obra y gracia del desarrollo económico y el abandono del campo y de los animales. 
Fuente de barro arreglada con lañas
Recuerdo a Salud, una niña de mi misma edad, que  creo que era sobrina y vivía en la Obra Pía. Su padre era Antonio el gitano, pero estaba casado con una mujer que era paya: Ana Maria la Cascaja, le llamaban. Íbamos juntas a la escuela y tuvo  posibilidades de estudiar, porque doña Rosario se la llevó a Jaén como sirvienta, pero con la condición de que, además de ayudar en la casa, estudiaría el bachiller.Por las noticias que me han llegado, acabó el bachiller y se trasladó con toda su familia a Lodosa, donde viven todavía. Una hermana suya, Sofia, incluso ha ido a la Universidad. Desde luego, un cambio social importante. Es la parte buena de la emigración.
Ahora me viene a la memoria una mujer muy bajita, que creo que era la abuela materna de Salud. Vivía también al final de la Carrera Alta, cerca de Consuelo la Malapinta. 
Amuleto contra el mal de ojo
Decían que echaba mal de ojo a las criaturas. Así que cuando pasaba por la calle, mucha gente tenía cierto reparo en tener mucho roce con ella. Podríamos decir que era como una especie de bruja del pueblo, aunque yo no podría asegurar que fuera cierto todo lo que se le atribuía. 
Escena de matanza
 Sin embargo, había otras mujeres mayores que tenían otras cualidades más positivas. Una de ellas vivía en El Terrero y estaba ciega. Creo que se llamaba Mª Dolores. Era una persona que destilaba  humanidad, cariño y amabilidad. Siempre estaba sentada en la puerta de la casa. En invierno, tomando el sol y en verano, disfrutando del frescor del anochecer. Era como la abuela de todas las niñas y si tenía que reñirnos para que nos portáramos bien lo hacía, pero con un tono que tenía mucha eficacia: le hacíamos caso. Y luego estaban las sabias; las que conocían los secretos de la matanza bien hecha: las morcillas, los chorizos, las butifarras… Se las llamaba para que echaran los aliños, o para probar cómo había quedado de sabor, si le faltaba o le sobraba algo  al chorizo.  Una de ellas era mi abuela Mª Teresa la de Piticos. Vivía debajo del llano, en El Terrero.
Una bolsa de los peines bordada a mano por mi madre
Braguitas de los años 50 confeccionadas por mi abuela
Era una mujer muy seria, con un gesto muy severo, pero muy apreciada por su formalidad y su saber hacer en todas estas cosas. Además, cuando cogía una aguja de croché, o los bolillos, hacía primores. Cosía camisas, calzoncillos y sabía recomponer toda la ropa de hombre, que entonces era muy necesario: eso sí que era reciclaje. 
La Corcheta, la madre de Antonio, creo que se llamaba Catalina, también era una mujer sabia. De estatura más bien pequeña, como eran entonces la mayoría de mujeres, pero como una ardilla, nerviosa y muy simpática.  Durante muchos años ejerció de partera, cuando todavía no había mucha costumbre de llamar a la Comadrona. Lástima que no haya dejado escrita su experiencia. Como tantas y tantas mujeres, sin saber apenas leer ni escribir, se atrevían a hacer algo tan importante como ayudar a traer niños al mundo y no lo hacían nada mal.Seguro que hay muchos que pueden contarlo porque nacieron con ellas.

Comadrona atendiendo a una mujer después del parto
Pues a lo que iba. A Catalina la recuerdo contando cuentos, sentada a la puerta de Máxima con las niñas alrededor. A mi madre, le gustaba controlar lo que hacíamos y lo que nos enseñaban las viejas, que solían tener la lengua muy suelta. Pero ella era muy estricta con la educación, así que se asomaba a la puerta y decía:
-        ¡Catalina, no les cuentes picardías a las niñas!
Y es que  no sabía que lo que nos contaba era aquel cuento tan terrible y morboso que tanto nos gustaba escuchar; aquel que tenía una retahíla muy repetitiva y que a pesar de todo no nos cansaba:
“¡Ay, madrecita mía, mía, mía! ¿Quién será? 
¡Que voy por la primera escalera…
¡Animaos! A ver si alguien se atreve a escribir o a grabar su voz con el cuento completo, que a mí se me ha olvidado.  

7 comentarios:

  1. Es todo un placer leerte Teresa. ¡Me traes tantos recuerdos! Aunque yo no los he vivido con tanta intensidad, ya que solo pasaba en el pueblo las vacaciones; pero tu narrativa es tan amena que me arranca sonrisas y hasta me emociona.

    No me sé el cuento que comentas, pero hace unos días comentaba con mi hija, uno que me contaba mi padre (y yo a ella): el enano saltarín ¿le conoces?

    Un beso grande Teresa.

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    1. Gracias, tocaya. El cuento del que me hablas lo desconozco, sin embargo, el que comento en mi relato está muy extendido por Andalucia. Se llama La asadura y es terrible, teniendo en cuenta que está pensado para que los niños obedecieran a las madres.

      Hasta otra, amiga.

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  2. Enhorabuena Teresa, te ha quedado una entrada redonda. Es la que más me ha gustado de la serie dedicada a "la Carrera".

    SOY YO
    Ya no hay niños jugando al churro mediamanga mangotero...

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    1. Gracias. Pues fíjate, yo no la veía así, pero eso va como va. Es muy subjetivo. Lo que sí me ha gustado es la respuesta que ha habido en facebook. En esta ocasión volveré a pegar aquí todo lo que han aportado los lectores, que completan con sus comentarios algunas de mis preguntas.

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  3. Estos son los comentarios de mis paisanos en el último relato que he colgado sobre la calle donde nací.

    Juana Romero Medina: Comparto casi las mismas vivencias desde la Calle Llana; vamos a tiro de piedra de donde tú vivías.Y hablando de piedras ¿ recuerdas la costumbre que tenían los niños de pelearse a "pedrá limpia"?Algunos venían chorreando sangre---¿ quíen te ha hecho esa "saja"?.Cuando venga tu padre verás... Las niñas éramos más modositas,aunque nos gustara tirar piedras" eso era de " marimachos".Yo también barría mi puerta, tras echar agua con la mano para no levantar polvo.¡¡¡Y había que hacerlo casi al amanecer¡¡¡Estaba feo,según los mayores, que te calentara el sol.Y qué me dices de los pregones del alguacil" hago sabeeeerrr...."y nos anunciaba que había llegado a la Plaza de Abajo por ejemplo Emilio el de las Mantas, o que había que blanquear las fachadas para la feria.En fin, mientras perduren los recuerdos seguimos ligados a la tierra que nos vio nacer.Oye,¿qué habrá sido de la Azafranera, que venía a vender especias desde Castilla?

    TERESA: Qué buenos relatos podríamos hacer con los recuerdos a dos manos. Lo que a mí se me escapa lo aportas tú. Lo de la "saja" me encanta. Otra palabreja que había olvidado. Gracias

    Lucia Caballero Lorente Muy emotivo, como todo lo que escribes, la familia de Antonio el gitano viven en Lodosa Navarra

    Teresa Fuentes Muchas gracias Lucia. Sabía que esa pregunta sería contestada por alguien.

    Isabel Bayo Gámez Me encanta poder leer todos estos recuerdos,vuelven ala mente como si lo estuviéramos viendo . y la foto de la calle y esos vecinos Santillos su mujer Maria y la otra Maria la cuete ,preciosa foto, un beso

    Francisco Vargas Quesada Muy bueno y tierno; me parece que fue ayer.

    Cati Alcala Romero Muy acertado en todo, Antonio el gitano vivia en la calle Obrapía, vecino nuestro, muy buena gente.Gracias por todos estos recuerdos.

    Juana Chamorro Ruiz gracias Teresa por tus relatos,lellendo esto que escribes, los recuerda uno como si fuera ayer

    Anita Herrera Rodriguez Teresa cada relato es mas emotivo Salud esta en Lodosa y su hermana Antonia vive en VITORIA un beso

    Teresa Fuentes ¡Ya digo! Entre todos podríamos hacer mejor el relato, porque cada cual aporta una parte. Gracias a tod@s.

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  4. Muy bonito,que fielmente reflejas el pasado de Bedmar, en cuanto a tu pregunta si alguien , conocía lo de que voy por la primera escalera...,lo escuche contar muchas veces ,Maxima ,Catalina la corcheta e Isabel la sota ,eran tías abuelas mías,y ese relato era de miedo y terminaba dándote un susto,contaban otro de un principe que preguntaba a una dama " ¿mariquita que riega la albahaca cuantas hojitas tiene la mata? ,y ella contestaba ¿y tu Rey pendenciero cuantas estrellitas tiene el cielo?,"algo así era ,hace ya tantos años, tambien recuerdo las parodias de mis tíos Ildefonso el barbero de la pililla y Juan el de la chinela ,como no había televisión se agudizaba el ingenio,que tiempos

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  5. Gracias Juan, por tu comentario y es verdad que estas mujeres que nombras (tias abuelas) eran tremendamente vitales y graciosas. las recuerdo a todas, asi como a tu tio, el barbero de la pililla, muy amigo de mi tio Jerónimo, el músico. Eran gente muy simpática.

    Un saludo y te espero en mi ventana de vez en cuando, cuando te apetezca dejar tu rastro.

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