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miércoles, marzo 5

Discursos que levantan ampollas

  Desde hace semanas me reprimo las ganas de escribir públicamente sobre la película que está dando tanto de que hablar, sobre todo por el personaje que, magistralmente ha interpretado Eduard Fernández: Se trata de El 47. Aunque no viví en primera persona las fatigas que sufrieron las personas que llegaron como migrantes a ese barrio tan extremo de Barcelona, he conocido la experiencia de ser una adolescente recién llegada a una ciudad, donde todo era diferente a lo aprendido en un pequeño pueblo, mi lugar de origen. Entre otras cosas, me vi casi obligada a disimular mi propia forma de hablar para pasar desapercibida y no ser menospreciada por pertenecer a esa masa de gente “ignorante y muerta de hambre” procedente del sur; tal era la percepción general de los nativos ante la avalancha de recién llegados. Antes y ahora, siempre se repite. Los otros, no sólo son diferentes, sino incultos y sospechosos de querer arrebatarnos lo que es nuestro. 

Hacía mucho tiempo que el término “Xarnego” no se utilizaba, pero es bien conocido para todos los que emigramos a Cataluña entre los años 50 y 60 del siglo pasado. Fue Eduard Sola, al recibir el Premio al mejor guion por Casa en Flames, en los premios Gaudí quien, al referirse a sí mismo como orgullosamente Xarnego, destapó la caja de los truenos. Inmediatamente se produjo un fenómeno muy curioso.

Muchos aplaudieron sus palabras, el alegato a sus raíces como nieto de inmigrante en Cataluña en los años sesenta despertó muchas simpatías entre sus compañeros de profesión, pero a continuación ¡Oh cielos! levantaron sus voces los bienpensantes y progresistas catalanes “de tota la vida” o no tanto, que se sintieron señalados porque entendieron que eran acusados de haber tratado con desprecio y hasta con rechazo a los recién llegados, especialmente andaluces y murcianos. 

La cuestión del Xarneguismo, como digo, se ha despertado por obra y gracia de esas palabras pronunciadas en los premios Gaudí por un miembro de la segunda generación de migrantes. Y me ha sorprendido la reacción de algunos, especialmente de aquellos que, sin haber tenido mucho contacto con la dura experiencia de emigrar, resulta que se ofenden cuando alguien recuerda un fenómeno tan importante en la historia última de España y Cataluña: la llegada masiva de más de un millón de personas desde el sur a las zonas industrializadas del Estado. Pero parece que no se quiere recordar cómo cambiaron las ciudades y los pueblos del cinturón de Barcelona, cómo fueron aquellos años en los que resulta difícil diferenciar entre el rechazo al no catalán, o la repulsa al pobre. Diría que un poco de todo hubo. Y aquí hablo en primera persona, porque he padecido esa circunstancia.

Pero sería más justo decir que la historia se repite. Antes fueron unos y ahora son otros los que emigran a diferentes lugares de España y Europa; allá donde les dejan o donde pueden conseguir trabajo. Quiero decir que no estamos hablando sólo de una herida producida por el contacto entre catalanes y andaluces en un tiempo lleno de dificultades. Me temo que ocurre siempre y en todos los lugares. Si pudiéramos ser más receptivos a la vivencia que tienen aquellos que emigran, el acento no lo pondríamos tanto en la sociedad receptora, sino en el fenómeno de la emigración y lo que significa para aquellos que con maletas o sin maletas llegan a un lugar en el que no es fácil encontrar brazos abiertos,  rostros amables, o miradas comprensivas y  compasivas. 

Esta susceptibilidad con la que responden algunos al discurso de un hombre joven, que se atreve a recordar su procedencia y el gran salto que se ha producido entre sus abuelos, llegados del sur, sin apenas escolarización, y gente como él, que se dedican a una profesión intelectual y artística con éxito, francamente no lo entiendo. ¿A quien ofende algo tan evidente y que forma parte de la memoria personal y colectiva? ¿Quién tiene interés en correr un tupido velo sobre esa historia?  

¡Cuánto olvido! De unos y de otros. Los que tuvieron que emigrar y los que, de pronto vieron con recelo a los recién llegados, con sus maneras de hablar y de comportarse, con tantas necesidades. He visto comentarios sobre la película El 47 en las redes sociales que justifican la llegada de andaluces o extremeños porque, los pobres, estaban muertos de hambre. Eso me duele, porque no es real. Forma parte del desconocimiento y el estereotipo que tanto daño nos hizo y nos sigue haciendo y por eso no es de extrañar que hijos y nietos de aquellos migrantes quieran quitarse ese “san Benito”. Bueno… Tampoco era eso. No siempre era tan grande la necesidad. Los que han estudiado los procesos migratorios saben que los que emigran, generalmente son los más preparados y buscan no tanto poder comer, como tener un horizonte más amplio para ellos y para sus hijos. No siempre nuestras familias estaban muertas de hambre. No siempre eran analfabetas. Tenemos casos como Jordi Évole, un estupendo periodista,  J.A. Bayona, un gran director de cine, con premios internacionales, o Eduard Sola, un guionista que tiene mucho que decir. Ellos proceden de esas familias; familias trabajadoras y esforzadas que consiguieron que sus hijos pudieran acceder a la universidad con mucho éxito. Y otros muchos que ni siquiera conocemos, como Javier Pérez Andújar, que escribe desde los márgenes de la ciudad, junto al rio Besós, en la época de los bloques de pisos baratos. Una mujer muy comprometida, de pensamiento crítico, como Brillitte Vasallo, ha reflexionado mucho sobre la experiencia de emigrar con su familia desde Galicia y de sentirse “xarnega”. Vale la pena escucharlos o leer sus textos. Son un ejemplo de discurso desde el otro lado, desde la vivencia de formar parte de los suburbios barceloneses, los barrios sin asfaltar y sin servicios básicos para vivir en condiciones, lejos del centro. Vasallo suele hablar en sus artículos y conferencias públicas sobre la experiencia de una hija de campesinos que tienen que dejarlo todo y entrar un mundo nuevo, donde no sólo se habla otra lengua, sino que existen referentes distintos, una historia, una identidad labrada a golpe de siglos de convivencia en un mismo territorio. Ahora son otros los que ocupan ese espacio de menosprecio del diferente, del pobre, del que hay que mantener apartado porque la sospecha se cierne sobre ellos. Y pronto veremos como esos otros van a poder hablar por ellos mismos. 

                                     Teresa recién llegada a Barcelona
Ciertamente, los que migramos en los años sesenta del siglo pasado, salimos de un mundo agrario y tuvimos que adquirir las formas y los contenidos de una sociedad industrial. Hay una experiencia interna, subjetiva, un duelo que tienes que elaborar, la vergüenza de no sentirte nunca adecuado, que no se note de donde procedes y de hacer grandes esfuerzos para ser parte de otra cosa. Y nunca lo eres. E
l antropólogo Ignasi Terrades, habla de la irreparabilidad del daño, que es un daño percibido sólo por una parte y por eso hay que hablar, siempre que te dejen y no tener miedo a las respuestas, casi siempre faltas de conocimiento del otro lado. Estas palabras de Vasallo me resultan muy esclarecedoras: “Yo quiero la venganza, porque esto que nos ha pasado a nosotros es irreparable. ¿Por qué no hay reparación posible? Porque hemos mutado. Lo que me ha pasado a mí en mi casa, ¿cómo se repara ahora? ¿Cómo se repara que mi madre pasara por la vergüenza de tener que migrar? ¿Y quién repara mi vergüenza de adolescente? ¿Quién repara todo esto? Entonces, mi venganza es hablar, a pesar de que todo el mundo me ha dicho que calle” 

Ponerme a escribir sobre este tema, me ha hecho pensar y ser más consciente si cabe de todo lo vivido cuando con catorce años me enfrenté a una nueva vida, lejos de la seguridad de mi pueblo, de mi habla andaluza, de mis referentes. He pensado que sentirse Xarnega, saber que eres de “los otros”  no es algo que sea tan simple. Ni siquiera es sólo un asunto de clase. Quizás sea eso lo que siente Eduard Sola, cuando ha tomado la palabra en las ocasiones que este año le ha dado su éxito profesional. Y muy pocos lo han entendido. Porque tal vez él mismo no puede entenderlo. 

lunes, marzo 9

¿Qué decir del nuevo feminismo?


Desde 2018, año en que explotó la rabia contenida de tantas y tantas mujeres contra las injusticias que nos afectan,  especialmente los feminicidios, las violaciones en grupo y los abusos sexuales de todo tipo, se notó una incorporación en masa de jóvenes a las protestas. Para mí fue una alegría, porque llevábamos muchos años en los que parecía que el feminismo era cosa de viejas ancladas en el pasado y un poco locas a las que nadie hacía el menor caso. 
Había ido calando en la conciencia colectiva una idea errónea de la importancia histórica del feminismo. Nadie hablaba de las mujeres que históricamente han dejado escrito su pensamiento sobre la desigualdad entre los géneros. Existía un velo de ignorancia sobre tantas escritoras, artistas, filósofas, científicas que nos han precedido y que ahora empiezan a conocerse.

lunes, diciembre 16

Una clase de Pilates

Un día más entro en el vestuario. El frío se hace esperar, aunque falta nada para que empiece el invierno. Me coloco dos calcetines… bueno, quiero decir, uno encima del otro, porque dos calcetines es normal que nos pongamos todos; aunque mi hijo Pablo, por ejemplo, se los suele poner de colores diferentes. Pero vaya, es que él está un poco loco.

jueves, octubre 3

Eufemismos y gerontofobia

Y resulta que hoy me despierto con la noticia de que celebramos El Día Internacional de las Personas de Edad. ¡Válgame Dios” Otro eufemismo para hacer desaparecer la palabra viejo; para no ofender, digo yo. Pasamos de hablar de abuelos a Mayores, luego a Tercera Edad,  Envejecimiento y qué sé yo qué otros nombres se le ha dado a este tramo de edad al que teóricamente estamos agasajando. Ahora somos “Personas de edad”. Vaya, yo creía que todas las personas son de edad.  En fin, formas diferentes y hasta extravagantes  de evadir algo natural como es la vejez, uno de los tabúes de esta sociedad ignorante, que piensa que cumplir años nos vuelve idiotas. 

Cuando yo era una niña, en casa y en la escuela nos enseñaban a tratar a las personas mayores con respeto. Tal era la diferencia entre este sector de la población y el resto, que saludar con un simple “adiós” era considerado de mala educación. Eran recomendaciones que se convertían en normas y hábitos para las niñas y niños educados. Así que cuando me cruzaba con mi maestra en la calle, o con cualquier otra persona de edad con la que tenía alguna relación, le soltaba: “Vaya  usted con Dios”. Tal cual. En esa época llamábamos “personas mayores” a los adultos de un tramo de edad bastante amplio, que incluía a los viejos.

La palabra viejo no implicaba menosprecio; era una simple descripción que señalaba a una parte de la población con características físicas y psicológicas muy determinadas; era un sinónimo de longevidad, de ancianidad. Es verdad que eran tiempos en que la juventud no tenía tampoco el tratamiento y prestigio que tiene actualmente. El valor que se da a lo joven, especialmente desde los años sesenta del siglo XX, ha corrido paralelo a una especie de gerontofobia que afecta, sobre todo, a las sociedades tecnológicamente avanzadas. La velocidad de los avances técnicos, ha ido dejando a un lado el valor de la experiencia, propio de la vida tradicional, en la que la transmisión del conocimiento era más lento y muchas veces nos llegaba a través de las enseñanzas directas de nuestros mayores. No hace falta irse al anciano de la tribu en una comunidad primitiva, que desde luego era el sabio al que se acudía cuando se tenían que resolver problemas que afectaban a la vida en comunidad. Hasta hace pocas décadas, la palabra y la experiencia de los padres y abuelos de cualquier familia española gozaban de prestigio; tenían un valor y generalmente eran escuchadas. Las jóvenes madres, por ejemplo, no solían poner en cuestión la experiencia de las mujeres mayores de la familia a la hora de la crianza. Ahora resulta que muchas confían más en nuevas profesionales, figuras sustitutas de las abuelas, como la Doula, que es la que acompaña a la joven mamá en los primeros meses de vida de su bebé. 

Últimamente sigo una serie canadiense en Netflix: “Madres trabajadoras”. La serie sigue la vida de cuatro mujeres mientras hacen malabares con el amor y sus relaciones, sus carreras profesionales y la maternidad. Cada cual se identifica con lo que está viviendo o ha vivido, eso es verdad. Yo en este momento, con mis sesenta y ocho años, observo las historias de estas jóvenes madres, como la que cree estar de vuelta de todo, aunque para qué nos vamos a engañar, eso quizás no sea tan real. 

Eso sí, sentada en mi sofá, suelo hacer comentarios, no exentos de ironía y humor malévolo, porque me identifico con esa abuela que tiene que defender ante su joven hija que es capaz de saber cuándo y qué clase de atención necesita su bebé. Mientras, la hija, busca desesperadamente los consejos de una profesional que es la que le da seguridad. Al fin y al cabo, una “vieja”… ¿qué sabe una vieja de criar niños? Todo se profesionaliza, especialmente cuando se tienen medios económicos; si no, se tira de los abuelos, aunque haya que estar erre que erre, diciéndoles qué se hace y qué no se hace con el niño. Que ya las cosas no son como antes, faltaría más.

Hace poco hice un viaje en Blablacar con tres jóvenes veinteañeros. En esas horas de coche fui consciente de que yo era invisible para ellos como persona con vida propia. Ninguno se le ocurrió preguntarme nada. Vale, tengo pinta de jubilada, pero esa no es mi profesión. Soy una mujer que ha tenido una trayectoria profesional rica, que todavía tengo responsabilidades en una entidad cultural, que he publicado tres libros,  y que me considero una persona con criterio para hablar de muchas cosas. Os aseguro que permanecí muda durante cuatro horas, muda e invisible.  

 Estos ejemplos son sólo una muestra de cómo la experiencia, también en la vida cotidiana, ya no se considera un valor. Ahora los que saben son ellos, esa generación de milenials, universitarios, expertos en qué sé yo cuantas disciplinas, titulados por tres o cuatro universidades. Basta con fijarse en los nuevos directivos de los partidos políticos. Ellos y ellas no superan los cuarenta años y apenas han tenido experiencia en la vida laboral, ni han tenido que administrar un núcleo familiar con unos cuantos hijos y pocos medios. Sin embargo, se sienten preparados para gobernar un país.

¿Se han fijado ustedes en la edad de los políticos que van en las listas de los partidos cuando hay elecciones? Se ha conseguido la igualdad en cuanto a la paridad. Hombres y mujeres representados en Congreso y Senado. Vale. ¿Pero hay paridad en cuanto a generaciones y edad? ¿Cuántos mayores de sesenta y cinco y no digamos de setenta hay actualmente en el Congreso de los Diputados? ¿No es cierto que los mayores deberíamos reivindicar estar presentes en los espacios donde se deciden cosas que también nos afectan?Se habla mucho de envejecimiento activo, pero no cuentan con nosotros en puestos relevantes de la política. 

Nos apartan a hacer gimnasia o manualidades en los centros de mayores, a realizar tareas sencillas y voluntarias en una ONG, o nos ofrecen todo tipo de viajes y actividades lúdicas del IMSERSO. ¿No es eso segregación por edad?, o peor aún: gerontofobia. ¿Cuántas personas de más de setenta años conocemos que son perfectamente válidas para poder desarrollar una tarea política y socialmente relevante? Yo bastantes. Y aunque en algunas grandes corporaciones, bancos, o instituciones mundiales suele haber representantes septuagenarios, como dice el refrán “una flor no hace primavera”.    


jueves, enero 11

Algo más que una anciana venerable

Memoria y olvido son la vida y la muerte. Vivir es recordar, y recordar es vivir. Morir es olvidar, y olvidar es morir. (Samuel Butler)

Mami vino al mundo el Día de Reyes de hace ya la friolera de 97 años. Vivió su infancia en un hermoso valle, en la provincia de Pinar del Rio (Cuba). Aunque salió de la isla hace ya más de 30 años, sus expresiones y la musicalidad de su español nos llevan al Caribe.   
Me cuenta que su mamá y su papá se conocían desde siempre, porque eran vecinos. Las familias de ambos tenían unas fincas arrendadas en Rio Seco, muy cerca de la población de Pinar del rio. Su mamá se quedó embarazada con sólo 17 años. En aquella época, los pobres no podían hacer bodas y a veces se pasaban años hasta que se casaban. Algo que no nos resulta tan lejano a los que hemos vivido en el mundo rural, especialmente en Andalucía. Y así ocurrió en el caso de sus padres, pasaron por el altar cuando ya tenían varios hijos.

martes, octubre 3

Patriotas, patrioterismo y fractura social

Estamos asistiendo en estos últimos tiempos a un fenómeno bien curioso. Palabras que deberían tener un significado claro, se manosean por unos y por otros, se prostituyen, se corrompen, se pervierten, se lanzan al contrario como dardos envenenados: Democracia, Libertad, Fascismo… ¡Cuanta palabrería, Dios mío! Y nosotros, los sufridos ciudadanos asistimos a este circo, en el que también intervienen los medios de comunicación, añadiendo más leña al fuego.   Dudo de que yo pueda aportar algo al debate que estos días nos tiene completamente centrados en “El tema”, el único tema que ahora preocupa a este país. Mientras, siguen ocurriendo las mismas cosas que hasta hace poco eran noticia en los telediarios y en las portadas de los periódicos. Pero claro, ahora toca esto: el Referéndum catalán.     

miércoles, mayo 31

Las "Smartgirls" y el Feminismo

Hay que ver cómo es esta Paula Echevarría. Un portento de elocuencia cuando tiene que defender algo ante los medios. No se le puede negar desenvoltura a la chica, ni tampoco ese encanto que derrocha a diestro y siniestro. Esa sonrisa siempre a punto, ese look perfecto de girl influencer, que es como se llaman ahora las chicas famosas, más o menos guapas, que visten a la última moda y son creadoras de nuevas tendencias.
Definitivamente, tengo que reciclarme, porque veo que me falta vocabulario para estar al día en ciertas cuestiones un poco alejadas del ámbito en el que me muevo. Lo digo porque, para dejar clara su valía personal, Paula se definió con otro término anglosajón: smartgirl. Chica lista, más que inteligente, parece ser que es la traducción literal.Pero no es de lenguaje de lo que quiero hablar aquí, sino de la polémica de la semana pasada y que las redes se encargan de expandir.

martes, mayo 9

Tiempos líquidos... amores indoloros

Hace ya unos cuantos años el sociólogo Zygmunt Bauman publicó una obra en la que reflexionaba sobre el fin de la llamada Posmodernidad, al tiempo que bautizaba la nueva etapa en la que estamos viviendo las sociedades opulentas como Modernidad Líquida.  Se trata de un concepto que resulta muy útil para explicar y explicarnos tantas cosas; para intentar comprender cómo ha cambiado nuestra sociedad en las últimas décadas. Precisamente hace unos días un grupo de amigos estuvimos comentando uno de los libros de Antonio Muñoz Molina: Todo lo que era sólido y fue inevitable hacer referencia a Bauman y a uno de sus trabajos para mí más sugestivos: El amor líquido.

lunes, abril 17

Nada crece a la luz de la luna

Lo que me llamó la atención cuando oí hablar de él fue el título tan poético y sugerente.  No tenía ni idea de la temática o el estilo, y desconocía totalmente a la autora; pero confié en el criterio literario de quien lo recomendó en un programa de radio. No me equivoqué. Después de unos meses en los que mi única actividad ha sido la escritura, volver a leer ha sido un placer y un descubrimiento.  Y es que los autores nórdicos son poco conocidos para el gran público del que yo misma formo parte.  Soy una lectora media que huye de los best seller; de esa literatura que encontramos en las primeras líneas de los estantes y expositores de las librerías. Las editoriales nos atiborran de títulos y más títulos que no siempre satisfacen las expectativas de quien busca en un libro algo más que un pasatiempo.

Según he leído, Errata Naturae, que es el sello donde este libro está editado, es un proyecto que trata de ofrecer otra cosa. Sus fundadores lo definen de esta manera: “Este nombre lo escogimos porque habla de lo otro, lo diferente, lo pequeño, lo ajeno, lo marginal”. Esto es lo que he encontrado en Nada crece a la luz de la luna. Una historia diferente, contada de una forma diferente y con un lenguaje que, a mí al menos, me pedía momentos en los que tenía que parar, tenía que respirar profundamente y saborear, recrearme en las imágenes poéticas con las que la autora quizás pretendía suavizar la dureza de la narración. Un libro que golpea y no deja indiferente.    
No se trata de una novedad, aunque sí lo es en nuestro entorno. La primera edición lleva la fecha de 1947.  De hecho, la autora noruega, Torborg Nedreaas  falleció en 1987.  Nada crece a la luz de la luna se considera un clásico de la literatura moderna nórdica y esta editorial independiente la recupera para que podamos disfrutar del dramatismo de una vida atormentada y tristísima. Es esa la sensación que me ha quedado tras dar por finalizada su lectura. La novela más triste que jamás haya leído.

viernes, marzo 24

A vueltas con el hiyab y la capacidad de las mujeres que se lo ponen

No salgo de mi asombro. En este mismo diario en el que colaboro aparece la opinión del coordinador local del partido de Albert Ribera sobre las mujeres musulmanas que se cubren la cabeza. Estas son sus palabras: “Que haya mujeres que defiendan al Islam solo significa que están alienadas en grado superlativo”, dice un tal Javier Álvarez.
Desconozco qué tipo de autoridad intelectual y moral adorna a Javier para defender con ese ardor los argumentos que niegan a las mujeres musulmanas la capacidad de pensamiento por el hecho de lucir sobre sus cabezas el hiyab. Claro que cuando sigo el hilo de la noticia, advierto que hay un referente intelectual más reconocido y legitimado que nuestro coordinador del partido Ciudadanos: Pérez Reverte.

martes, febrero 14

La presencia de la radio en mi vida

Me entero de que hoy, día 13 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Radio. ¡Vaya por Dios! Pues mira por dónde es una celebración que me llena de nostalgia y de alegría al mismo tiempo. Casualmente, escucho una noticia curiosa: el sábado pasado murió Juan Soto Viñolo. Y dirán ustedes, ¿quién es ese señor? Pues nada más y nada menos que la propia Elena Francis. Una señora que durante muchos años adoctrinó a las jóvenes y amas de casa españolas sobre la mejor forma de sobrellevar el peso de un matrimonio desgraciado, aconsejando mucha paciencia y amor desinteresado.  Soto fue el autor de todos los textos de un programa dedicado al público femenino con consejos sentimentales, domésticos y de belleza. Primero, desde Radio Barcelona y, después, desde Radio Peninsular y Radio Intercontinental se convirtió en un fenómeno sociológico en la España del franquismo. O sea que, detrás de doña Elena, estaba este periodista. Y las pobres mujeres pensando que era una bondadosa señora las que, llena de empatía y comprensión, les daba los mejores consejos para conseguir una vida feliz.  
Luis del Olmo al inicio de su carrera
En fin, pensamos que los medios de comunicación actuales son un camelo, pero este es el ejemplo más claro de que eso no es nuevo.  Como muchos de ustedes saben, hay en mí una especie de abuela cebolleta, que suele rescatar del pasado historias, personajes y costumbres olvidadas. No lo puedo evitar. Y además, ¿por qué no decirlo? Siento que hay que hacerlo, que es importante saber de dónde venimos, que hay demasiado olvido en este mundo tan vertiginoso y globalizado. No es nostalgia de un tiempo mejor, no. Es necesidad de revisar una época, aunque sólo sea por tomar conciencia del camino recorrido.
Una Mercedes Milá casi adolescente
Lo confieso: he escuchado a Elena Francis, así que sé de lo que hablo cuando digo que domesticaba a las mujeres. Yo era una joven madre que pasaba muchas horas en casa y que se valía de la radio como una ventana abierta al mundo. No había televisión más que en horario de tarde-noche, así que, mientras hacía las tareas domésticas y cuidaba de mi hijo, me sentía acompañada por el sonido de las distintas voces de la época. Una de las más relevantes en ese momento fue la de Luis del Olmo (1973-76) Puedo asegurar que en aquel desierto cultural, el programa que hacía esta gran periodista desde Barcelona, ciudad donde yo vivía, era una universidad. Todavía no habían empezado las tertulias en las que unos cuantos "enteraillos" se pelean y no llegan a nada. Mucha gente no sabe que Mercedes Milá empezó su carrera profesional en el programa de Luis del Olmo. Era una auténtica reportera, aguda, arriesgada, comprometida, que se metía en todos los “fregaos” que os podáis imaginar. A su lado Mercè Remolí, otra gran periodista, algo menos agresiva, pero igualmente seria. Ambas no tenían más de 23 años, igual que yo. Los temas que se trataban eran los que interesaban a la gente de la ciudad. Salían por los barrios, se iban a las asociaciones de vecinos, se colaban en las manifestaciones... Recuerdo haber seguido en directo el asalto al Banco Central de la plaza de Cataluña. Aquella radio era pura vida. Y allí estaba yo, con los oídos bien abiertos.   
Vaya, que lo de Elena Francis era para mí una especie de “pecadillo venial” que me servía para darme cuenta de cómo estaba el mundo, el otro mundo; el de tantas y tantas mujeres de pequeños pueblos, todavía influidas por el Catolicismo más rancio. Era el momento del cambio en este país, donde convivían las cadenas de un tiempo oscuro, con nuevos aires, provenientes, sobre todo, de las zonas urbanas.
Alfonso Eduardo  Pérez Orozco

Ahora vienen a mi memoria las tardes culturales de Radio Nacional. En plena Transición, una renovación de la emisora.Estudio 15-18”, cuyos presentadores fueron Alfonso Eduardo Pérez Orozco, un periodista sevillano cultísimo. A su lado, Marisol del Valle, (tía abuela de la actual reina de España) y Jesús Quintero, que todavía no era “El loco de la Colina”. Con ellos aprendí muchísimo de cine, de literatura, de buena música y escuché grandes entrevistas a personajes que tenían mucho que decir y que yo desconocía. Fue como mi preparación para el acceso de la Universidad, una gran escuela también de conciencia social, en esa etapa en la que el Franquismo daba sus últimos coletazos y ya se podía hablar de ciertas cosas, prohibidas unos años antes.
Luego, poco tiempo después, criando a mi segundo hijo, tuve parecida experiencia. Esta vez fue una emisora en la que se habían colado los periodistas jóvenes y más políticamente incorrectos: Manolo Ferreras, un jovencísimo Javier Pérez Royo, o Gloria Berrocal, nombres que ya nadie recordará, pero que han sido grandísimos comunicadores comprometidos con la cultura. Radio 3 era la emisora alternativa en los años 80, con un espíritu cercano a la “Movida”. El nombre del programa: La Barraca, una referencia histórica que muchos pueden recordar, con García Lorca como protagonista. Mucho texto, mucha literatura, mucha crítica y locura. Para esto ya andaba yo preparada. Tenía 32 años, dos hijos y había pasado por la Universidad. A través de las ondas conocí a mi mejor amiga y me empapé de un mundo del que estaba alejada y que me llegó también con la revista Triunfo, otro de los medios de comunicación que sirvieron de escuela de conciencia a miles de personas. 
Manolo Ferreras y, Javier Pérez Royo en La Barraca
Esto ha sido para mí la radio en un tiempo en el que enchufaba la tele sólo para ver con mis niños Los payasos, Heidi, Marco y Pipi Calzaslargas y, cómo no, para disfrutar del mejor programa que haya tenido la segunda cadena: La Clave, con Balbín al frente. Conmemoremos, celebremos, recordemos una parte de nuestra pequeña historia de cada día. La evocación es un buen ejercicio para reconciliarnos con un tiempo en el que no todo era oscuro y “cutre”.    

sábado, enero 28

No siempre seremos jóvenes

Sentada frente a la tele me quedo enganchada a unas historias que cada vez me resultan más próximas. En la misma semana he visto dos películas estupendas que tratan del tema de la vejez. Una de ellas habla de un viejo profesor de filosofía, que tras quedarse viudo, entra en una espiral de tristeza y falta de motivaciones para vivir cada día, que incluso lo lleva a querer suicidarse.  El encuentro con una joven llena de vitalidad y alegría le devuelve las ganas de vivir. El escenario donde transcurre la historia es un ambiente cosmopolita (París) y la situación social del hombre no puede ser mejor, vive en un impresionante piso dentro de la ciudad y tiene su casita en la costa para pasar el verano. La otra historia no tiene nada que ver en cuanto al contexto. Un hombre llega de un pequeño pueblo del País Vasco a la ciudad donde vive su hijo, con el que apenas tiene contacto.  En principio nada se dice sobre las razones que le llevan a instalarse en un pequeño piso, donde vive la pareja con un adolescente. No obstante, ese no es el tema central de la historia, sino la incapacidad de comunicación del padre con el hijo y viceversa; la extrañeza y soledad con la que vive el hombre en la gran urbe, sin saber en qué ocupar su tiempo. En este caso, es una mujer la que se cuela en la triste vida de Héctor (ese es su nombre) sin que él pueda evitarlo, porque ella sabe lo que quiere y se empeña en acompañarlo en su soledad y mostrarle que se puede ser viejo y, sin embargo, tener ganas de relacionarse, de divertirse… de vivir, en definitiva.  
     
Aunque son dos historias con escenarios físicos y humanos muy distantes entre sí, hay algún que otro denominador común, que es lo que me ha hecho reflexionar y lo que me ha llevado a compartir esa reflexión con mis lectores.  

martes, octubre 4

Un pregonero controvertido

Ando un poco removida estos días con los dimes y diretes sobre el pregón de fiestas de la ciudad de Barcelona. Y ustedes dirán: ¿Pero bueno, qué nos importa a nosotros lo que pasa en Barcelona? Ya tenemos bastante con lo nuestro. Y sin embargo, tenemos la misma patrona. Curiosa coincidencia, que me lleva a preguntarme cómo es que en Jerez no se hace pregón de fiestas. Al menos, que yo sepa. 
Como iba diciendo, el Día de la Mercè de la ciudad de Barcelona se ha convertido, este año, en una especie de pulso entre pro independentistas y aquellos que, siendo y sintiéndose catalanes, están en desacuerdo con el llamado “Procès”.

miércoles, septiembre 14

De cortesía y buenos modales

Lo más interesante del mundo virtual es que, a veces, estás buscando algo y de pronto descubres un artículo con el que no contabas. ¡Ay señor, qué dilema! ¿Lo leo, o no lo leo? ¿Lo dejo pasar y sigo con lo mío…, o curioseo un poco? La verdad es que fisgonear es un arma de doble filo, porque querer leerlo todo resulta poco eficaz;  pero… ¡qué le voy a hacer! Soy curiosa con respecto a determinadas temáticas y a veces me salgo de la senda por la que iba directa a mi objetivo,  cojo una vereda que la cruza y me pierdo. Bueno, más que perderme, descubro con asombro cuántas miradas puede tener un mismo fenómeno. Pues eso es lo que me acaba de pasar en estos días finales de agosto.                                                  
Sumergida en la redacción de un libro de testimonios de andaluces que en los años sesenta emigraron a Catalunya, me topé con un estudio muy interesante: “La acomodación lingüística de la inmigración latinoamericana en Madrid”. No me pude resistir. Se trata de una cuestión que en cierto modo me afecta, porque, desde hace años, me relaciono con personas venidas de distintos países latinoamericanos.                                                                                

lunes, julio 25

De graduaciones y ritos de paso

A veces, Facebook me regala alguna frase inspiradora que, como ahora, aprovecho para mi artículo semanal.  Supongo que casi todo el mundo conoce al Juez Calatayud; ese hombre campechano que suele llamar al pan pan y el vino vino. Vaya, que, como suele decirse, no tiene pelos en la lengua. Aunque la actitud y las frases lapidarias del magistrado escandalicen al personal, lo cierto es que muchos de nosotros, en la intimidad, aplaudimos la valentía del magistrado. 
Y es que la mayoría de nosotros prefiere callar antes de decir algo políticamente incorrecto. Tenemos mucho miedo a la crítica y a ser señalados como retrógrados y de esa forma quedarnos más o menos en el pelotón de los mirados con recelo, en este mundo tan dado a repetir consignas y opiniones ajenas. Nos da pereza pensar y mucho más disentir.