Me llamo Ana
Hérica Ramos. Tengo 31 años. Desde hace menos de dos semanas soy ciudadana
española, pero nací en Bolivia, en la ciudad de Sta. Cruz de la Sierra.
Vivo en Jerez desde hace cinco años y un mes, y llegué directamente desde
mi país a esta ciudad.
¿Cuál fue la razón fundamental para decidirte
a emigrar?
Es una
pregunta difícil de contestar, porque no lo pensé mucho. Cuando en 2004 más o
menos empezó la emigración desde Bolivia, a España… porque a EE.UU. se había
iniciado mucho antes. Jamás pensé que yo sería una de las personas que saliera
del país. Yo quería un cambio en mi vida, de no sentirme a gusto en donde
estaba, pero fue fundamental tener familiares en España; tener aquí quien me
recibiera. Yo no hubiera sido tan valiente como para venirme sola...
Quien era esa persona que estaba aquí?
Pues alguien muy importante: mi madre. Hacía siete meses que no la veía… Y también mi hermano con su hija. Me di cuenta de lo importantes que eran para mí.
Quien era esa persona que estaba aquí?
Pues alguien muy importante: mi madre. Hacía siete meses que no la veía… Y también mi hermano con su hija. Me di cuenta de lo importantes que eran para mí.
¿A quién dejaste en Bolivia?
Dejé a mi
padre, de 59 años. Una hermana y tres sobrinos.
¿Cuál era tu expectativa cuando decidiste venir?
Tenía una expectativa poco concreta, pero sí sabía que quería construir una
nueva vida, liberarme de influencias, como la religiosa, por ejemplo. Me daba
cuenta de que mi cultura y educación eran muy moralistas, muy convencionales, y
tenía el convencimiento de que podía descubrir muchas cosas y crecer
personalmente…
¿Se cumplió?
Se está
cumpliendo. Estoy en ese proceso, pero estoy muy satisfecha, contenta. Estoy
dando pasos en esa dirección de descubrir.
Entonces… ¿tú no te consideras una inmigrante tradicional, que busca trabajo porque sus condiciones de vida en el origen son muy precarias?
Gracias a Dios… y que siempre me he considerado una buscavidas, el trabajo no era lo fundamental cuando decidí venir a España. Sabía que tenía que trabajar, eso sí. De hecho lo hacía ya desde los 17 años y ayudaba a mi familia. Pero mis objetivos no eran materiales, sino más bien de tipo espiritual y psicológico: necesitaba un cambio y creía que aquí conseguiría avanzar personalmente, aunque claro, tenía que trabajar.
Entonces… ¿tú no te consideras una inmigrante tradicional, que busca trabajo porque sus condiciones de vida en el origen son muy precarias?
Gracias a Dios… y que siempre me he considerado una buscavidas, el trabajo no era lo fundamental cuando decidí venir a España. Sabía que tenía que trabajar, eso sí. De hecho lo hacía ya desde los 17 años y ayudaba a mi familia. Pero mis objetivos no eran materiales, sino más bien de tipo espiritual y psicológico: necesitaba un cambio y creía que aquí conseguiría avanzar personalmente, aunque claro, tenía que trabajar.
¿Qué te sorprendió más?
Ver la
opinión que se tenía de los inmigrantes. Me di cuenta de que le gente hablaba
mucho del fenómeno migratorio como un problema, como algo nuevo... También cómo
se vivía aquí: los pisos, la arquitectura… Allí estaba acostumbrada a vivir en
una casa grande… con patio, y los pisos me parecieron algo raro... la gente, la
forma de hablar; pensé que gritaban, que estaban enojados. Los modismos…
a veces, incluso hablando el mismo idioma, no entendía… Luego, más tarde me di
cuenta de que los jerezanos hablan así.
¿Y algo que te agradara especialmente?
La
diversidad me encanta. Ver gente de todas partes, de muchos colores. La forma
de ser de las personas. La gente te ayuda si le preguntabas por una calle, por
ejemplo… la cordialidad, la amabilidad. Y luego, la libertad de pensamiento. No
es como allí: esto está bien, está mal. Tanto moralismo, tantos tabúes… Aquí vi
que la juventud no se planteaba tanto esas cosas. Esa libertad me gusta.
¿Qué te disgustó?
El tema de
las leyes. Sabía que tenía que empezar de cero, pero no de menos cero. Me
encontré muchas barreras para encontrar un trabajo digno, lo que yo quería,
para que me reconocieran mis estudios...
¿Qué estudios tenías cuando llegaste a España?
Me gradué en
Bolivia como Licenciada en Comunicación Social. Aquí he tramitado los
documentos para la homologación del grado, pero me falta la graduación
completa, que es difícil porque aquí no existe la carrera. Me han dado la
posibilidad de que estudie unas materias determinadas y así sería Periodista,
lo más parecido a mi titulación. Me han dado cuatro años y espero poder
hacerlo.
Desde que llegaste, ¿en qué has trabajado?
Voy a
intentar resumir, aunque es difícil…
Mi primer trabajo… no lo voy a olvidar. Mi madre trabajaba en una familia con negocios de peluquería. Ella les había hablado mucho de mí y les decía que yo había estudiado mucho, que estaba preparada. Entonces la señora me dijo: Ana Hérica, tu aquí tendrás que trabajar en una casa, ¿te importa? A mí me costaba decirle que sí, que me importaba, porque yo no esperaba eso cuando decidí venir. Así que mi primer trabajo fue de interna, con una mujer de 80 años. Para mí, cobrar 700 euros, casi mil dólares era… ¡guau…! mucho dinero. La primera noche lloré como una magdalena. La mujer no era mala, pero tenía muchos problemas para aceptar su enfermedad, su vejez. Yo no hacía más que animarla. Le decía: “Marujita, usted no se preocupe, que va a estar bien, estoy yo para cuidarla, que más bien dé gracias, que sus hijos me han pagado…” Pero lloraba todas las noches, porque no conseguía nada con ella. (En este momento se le saltan las lágrimas).
Me fui enseguida de esa casa, a los cinco días. Yo no quería trabajar de esa manera. Al principio no le dije nada a mi madre para preocuparla, pero cuando llegué a mi casa el domingo me eché a llorar. Y ella me dijo que lo dejara, que encontraría otra cosa. Lo bonito que tengo de esa experiencia es que mantengo una relación muy bonita con esa familia. De vez en cuando voy a visitarla.
Luego empecé a trabajar haciendo limpieza en un chalet. Aguanté poco tiempo. Allí se trabajaba mucho. Todo el día. Apenas parábamos para comer cuando llegaba el señorito y luego había que planchar. Me pagaron 250 EUROS por 24 días de trabajo. En esa casa fue la primera vez que yo escuchaba eso de “Señorito”. Me resultó curioso, porque no lo había escuchado nunca. Allí, en Bolivia, se le dice señor o señora a todas las personas, no es un signo de más dinero o menos. El siguiente trabajo fue en la casa de la hija de Maruja. En la barriada España. Ella era catedrática y él doctor. Me dejaban sola en casa y a mí me gustaba porque lo hacía a mi aire. Yo soy lenta y me preocupaba que cuando llegaran no estuviera todo hecho. Pero estuve bien. De todos modos en ese tiempo, yo tenía una aspiración: trabajar de camarera, ya ves... qué aspiración. En agosto me llamo una amiga mía para trabajar en un bar. Tengo un recuerdo muy bonito de eso. Yo me había preparado la entrevista. Le quería decir al hombre que yo no había trabajado nunca en un bar, pero que iba a aprender enseguida…, pero él no me dejó. Me acogió con mucha cordialidad: ¡Hola Ana… Hola Ana…! Me puso detrás de la barra y él me enseñó. Yo no sabía ni lo que era un Acuario. Pero el hombre me ayudó muchísimo. Recuerdo que el primer cliente me dio una propina y yo no sabía nada del bote. Total, que cuando me fui el primer día él me dijo: te espero el lunes. Si tú sigues trabajando como hoy, te quedas aquí. Y así fue. Vine el lunes y trabajé 14 horas ese día. Me pagaba 5 euros la hora y enseguida me puso un sueldo. La verdad es que nunca me preguntó por los papeles, porque en realidad yo creo que no pensaba hacerme un contrato. Aunque cuando ya me conoció se lo pensó mejor, porque él veía que yo hacía mucha caja. El hombre murió de infarto a los pocos meses y no le dio tiempo.
Cuando él faltó ya no me gustó seguir porque la hija no llevaba el negocio tan bien. Pero un tío de ella me contrató para trabajar en un hotel y estuve unos meses en La Cueva Park, en la carretera de Arcos. Allí ganaba bastante, aunque 250 Euros menos que mis compañeras españolas. Me molesté mucho porque no me pagó las vacaciones ni me dio ningún día; es decir, no tenía ningún derecho y por eso decidí que me iba. Así que, aunque él tuvo un gesto muy bonito conmigo, y me regaló la Suitte para la noche de bodas, me fui.
Después hice de canguro con unas niñas. No ganaba tanto, pero como ya estaba casada… podía permitírmelo. Estando haciendo eso cuando me llamaron de CEAIN (Centro de Acogida de Inmigrantes) Me conocían porque yo había acudido a ellos, como usuaria y como voluntaria. Me propusieron llevar un proyecto: El banco del tiempo y estuve un tiempo haciendo eso. Esto es el resumen de mi vida laboral en los primeros años. Después estuve en un taller de empleo, formándome como Mediadora Intercultural. Eso fue un año completo de estudios y prácticas, y también recibía un salario.
Mi primer trabajo… no lo voy a olvidar. Mi madre trabajaba en una familia con negocios de peluquería. Ella les había hablado mucho de mí y les decía que yo había estudiado mucho, que estaba preparada. Entonces la señora me dijo: Ana Hérica, tu aquí tendrás que trabajar en una casa, ¿te importa? A mí me costaba decirle que sí, que me importaba, porque yo no esperaba eso cuando decidí venir. Así que mi primer trabajo fue de interna, con una mujer de 80 años. Para mí, cobrar 700 euros, casi mil dólares era… ¡guau…! mucho dinero. La primera noche lloré como una magdalena. La mujer no era mala, pero tenía muchos problemas para aceptar su enfermedad, su vejez. Yo no hacía más que animarla. Le decía: “Marujita, usted no se preocupe, que va a estar bien, estoy yo para cuidarla, que más bien dé gracias, que sus hijos me han pagado…” Pero lloraba todas las noches, porque no conseguía nada con ella. (En este momento se le saltan las lágrimas).
Me fui enseguida de esa casa, a los cinco días. Yo no quería trabajar de esa manera. Al principio no le dije nada a mi madre para preocuparla, pero cuando llegué a mi casa el domingo me eché a llorar. Y ella me dijo que lo dejara, que encontraría otra cosa. Lo bonito que tengo de esa experiencia es que mantengo una relación muy bonita con esa familia. De vez en cuando voy a visitarla.
Luego empecé a trabajar haciendo limpieza en un chalet. Aguanté poco tiempo. Allí se trabajaba mucho. Todo el día. Apenas parábamos para comer cuando llegaba el señorito y luego había que planchar. Me pagaron 250 EUROS por 24 días de trabajo. En esa casa fue la primera vez que yo escuchaba eso de “Señorito”. Me resultó curioso, porque no lo había escuchado nunca. Allí, en Bolivia, se le dice señor o señora a todas las personas, no es un signo de más dinero o menos. El siguiente trabajo fue en la casa de la hija de Maruja. En la barriada España. Ella era catedrática y él doctor. Me dejaban sola en casa y a mí me gustaba porque lo hacía a mi aire. Yo soy lenta y me preocupaba que cuando llegaran no estuviera todo hecho. Pero estuve bien. De todos modos en ese tiempo, yo tenía una aspiración: trabajar de camarera, ya ves... qué aspiración. En agosto me llamo una amiga mía para trabajar en un bar. Tengo un recuerdo muy bonito de eso. Yo me había preparado la entrevista. Le quería decir al hombre que yo no había trabajado nunca en un bar, pero que iba a aprender enseguida…, pero él no me dejó. Me acogió con mucha cordialidad: ¡Hola Ana… Hola Ana…! Me puso detrás de la barra y él me enseñó. Yo no sabía ni lo que era un Acuario. Pero el hombre me ayudó muchísimo. Recuerdo que el primer cliente me dio una propina y yo no sabía nada del bote. Total, que cuando me fui el primer día él me dijo: te espero el lunes. Si tú sigues trabajando como hoy, te quedas aquí. Y así fue. Vine el lunes y trabajé 14 horas ese día. Me pagaba 5 euros la hora y enseguida me puso un sueldo. La verdad es que nunca me preguntó por los papeles, porque en realidad yo creo que no pensaba hacerme un contrato. Aunque cuando ya me conoció se lo pensó mejor, porque él veía que yo hacía mucha caja. El hombre murió de infarto a los pocos meses y no le dio tiempo.
Cuando él faltó ya no me gustó seguir porque la hija no llevaba el negocio tan bien. Pero un tío de ella me contrató para trabajar en un hotel y estuve unos meses en La Cueva Park, en la carretera de Arcos. Allí ganaba bastante, aunque 250 Euros menos que mis compañeras españolas. Me molesté mucho porque no me pagó las vacaciones ni me dio ningún día; es decir, no tenía ningún derecho y por eso decidí que me iba. Así que, aunque él tuvo un gesto muy bonito conmigo, y me regaló la Suitte para la noche de bodas, me fui.
Después hice de canguro con unas niñas. No ganaba tanto, pero como ya estaba casada… podía permitírmelo. Estando haciendo eso cuando me llamaron de CEAIN (Centro de Acogida de Inmigrantes) Me conocían porque yo había acudido a ellos, como usuaria y como voluntaria. Me propusieron llevar un proyecto: El banco del tiempo y estuve un tiempo haciendo eso. Esto es el resumen de mi vida laboral en los primeros años. Después estuve en un taller de empleo, formándome como Mediadora Intercultural. Eso fue un año completo de estudios y prácticas, y también recibía un salario.
¿Y actualmente en qué trabajas?
Actualmente
sigo en CEAIN como Técnica en Comunicación y Dinamización Comunitaria. En un
proyecto financiado por La Caixa.
¿Podrías decirme, desde el lugar que ocupas muy cerca de la población
inmigrante, qué cambios has notado en la situación de las familias, desde
que llegaste?
Cuando
llegué el tiempo era muy diferente. La economía estaba muy bien… la gente tenía
trabajo y podían mandar dinero a sus países de origen. Es verdad que los
inmigrantes trabajamos siempre en lo que no quieren los nativos. Al menos en
general así era cuando yo llegué, porque ahora ya no hay trabajo. Aquí trabajan
los dos miembros de la pareja y no hay quien cuide de los niños y tampoco a los
padres cuando son viejos. Ese tipo de trabajo es que cogimos la mayoría de los
inmigrantes. En ese tiempo… de bonanza, muchas mujeres pudieron hacer lo que
llamamos la reagrupación familiar: vinieron los maridos y los hijos. Ellos
empezaron a trabajar en la construcción y ya ellas no querían trabajar en las
casas porque querían ocuparse de sus hijos. Eso cambió. Sobre todo… impactado
por la crisis.. Ahora veo mucha desesperación, desánimo… la gente lo está
pasando mal, muy mal. Ahora incluso las mujeres no encuentran ni de interna. No
pueden pagar el piso, la alimentación… Otro cambios son más positivos. Por
ejemplo, que los latinoamericanos hemos podido en una gran parte regularizar nuestra
situación y podemos caminar por las calles. Ya no hay ese miedo a salir y que
te pidiera la policía los papeles, eso lo he vivido yo y es un estrés muy
grande. Otro cambio es que hay bastantes matrimonios mixtos, parejas…
¿Tú estás casada con un jerezano…?
Yo me casé
en 2007. Llevaba aquí un año. Eso me ha ayudado en todo, desde luego. Pero te
cuento: Yo conocí a Ramón, mi marido, en el bar donde trabajé de
camarera. Él me llamó la atención desde el principio. Fue como que en
medio de tanto barullo, de mucha gente que gritaba, que bebía… él tan
tranquilo, con su cafelito, su libro debajo del brazo. Cuando tenía su día
libre iba allí a tomar café, un tinto… y me fijé en su aspecto y su
comportamiento… tan educado…, tan prudente… limpio, formal… Destacaba. Cuando
empezamos a salir, él estaba asustado por la situación irregular. Tenía miedo.
Quiero decir que no se pensaba casar tan pronto, porque le hacía ilusión
casarse como se casa aquí la gente, que se hipotecan todo… una boda por todo lo
alto… Él creía que en un año podía ahorrar para eso. Pero apresuramos la boda
porque vio que podría tener yo problemas… por la Ley de Extranjería. Empezamos
a enamorar en octubre y nos casamos en Febrero. Nos casamos por la Iglesia,
aunque ninguno somos en este momento practicantes, pero sabíamos lo
importante de ese paso y quisimos hacerlo por ese rito. Incluso por evitar
cualquier susceptibilidad respecto al matrimonio de conveniencia.
¿Hay diferencias entre los distintos colectivos a la hora de la
integración en una nueva realidad social y cultural?
Yo creo que
sí hay diferencias. Especialmente ayuda el idioma y la religión. Los que
venimos de Sudamérica tenemos esa ventaja del idioma, la historia en común… La
gente que no comparte esos rasgos, tienen que hacer más esfuerzo, pero éste
debería ser por ambas partes. Por lo que yo conozco, los grupos tienden a
estigmatizarse. La población más antigua en esta ciudad que es la de Marruecos,
más de veinte años aquí… es la que está más aislada, menos integrada. Hay muchos
clichés, pero ellos también se aíslan. Ahora ya hay mucha gente que empieza a
cambiar sus pautas culturales, o cuando se celebran fiestas en los
barrios, se toma en cuenta algunos detalles como el tipo de comida y esas
cosas. Estos aspectos hay que tenerlos en cuenta y a veces el desconocimiento
es lo que hace que no sea fácil el encuentro.
Y para acabar. ¿Crees que volverás alguna vez a Bolivia? ¿En qué
condiciones lo harías?
Yo creo que
no volveré. En el caso de hacerlo, sería en el momento que yo sienta que
puedo aportar algo a mi país, lo que yo estoy aprendiendo aquí… en esas
condiciones volvería. Ahora mismo, si me fuera, yo encontraría trabajo
allí, pero mi esposo no, así que esa decisión no es fácil. Además yo no quiero
cortar un proceso que ha empezado y que me está aportando mucha riqueza
personal.