Deambula como un alma en pena por las solitarias calles de la vieja ciudad. Sus pasos no parecen tener un horizonte preciso; la mirada fija, el cuerpo, ligeramente inclinado hacia adelante, se balancea con indolencia, cansinamente. Es la viva imagen de la soledad. De vez en cuando, sin que haya una razón muy clara, se detiene y llama la atención de algún viandante… hombre, mujer… Da igual. Abre un viejo bolso del que extrae unos papeles, manuscritos de una letra algo arcaica. Soy escritora, dice, sin ningún pudor. Son versos, prosa poética que desparrama esperanzada en sus tristes días de mujer solitaria. Generosamente los ofrece a cambio de la voluntad. Confuso y desconfiado ante tan extraño regalo, un caminante la mira, busca la mejor excusa y apresura el paso, mientras una ráfaga de viento arrastra cuartetos, pareados, y apasionados sonetos, por las tristes y solitarias calles de la vieja ciudad.
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