viernes, marzo 8

Sobre la Ética del Cuidado (II parte)


Un acontecimiento de masas ha conmocionado en los últimos meses al público aficionado al cine. “Solas” se ha convertido en una de las películas no sólo más vistas, sino más premiadas en España y Europa. ¿Por qué una historia tan alejada del clima moral que hemos presentado como dominante hoy ha sensibilizado de ese modo a un espectador teóricamente interesado por un cine de evasión, a menudo sin conexión real con la vida? 
 Será que añoramos esos gestos de afecto, de tacto y contacto que nos conectan con una necesidad profunda de sentirnos cuidados y acompañados en esta dura tarea de vivir. Nadie parece que ha escapado a la caricia que proporciona esa mujer de apariencia triste, de actitud sumisa frente al poder, pero que es la viva expresión de una “ética del cuidado”. Rosa nos sorprende y admira por su serenidad y capacidad de soportar el dolor, con la entereza de quien tiene una sabiduría muy arraigada en su contexto. Pero lo que la hace entrañable es esa voluntad amorosa de convertir todo lo que le rodea en algo ética y estéticamente hermoso.


 Rosa cuida del mundo en que le ha tocado vivir y lo hace de un modo respetuoso y atento a la realidad y a las necesidades que expresan los que le rodean. Esta lección de vida que nos proporciona “la madre”, no nos debe hacer desdeñar las actitudes y los gestos de los demás personajes: el médico con su paciencia y sensibilidad para hacerse cargo de la realidad en la que practica su oficio, el camarero con sus gestos de apoyo y preocupación desinteresada, el anciano vecino con su humana vulnerabilidad, pero también con la capacidad de respuesta generosa a quien él considera necesitado de ayuda.

 En fin,  todo un escenario vital tan lleno de sufrimiento, soledad  y desesperanza, como  de amor, lazos personales y esperanza. Es la vida misma teñida con todos los colores que proporciona ser parte y partícipe de una historia que nos construye y construimos, a partir de la cual podemos explicar quienes somos y proyectar un futuro. Cuando utilizamos historias reales, o incluso ficticias, se nos pone de manifiesto la insuficiencia del concepto para explicar la realidad, recluyéndola al frío e inhóspito ámbito de la ley y de los derechos, al reino etéreo y virtual de una ética abstracta. Por eso hablar de solidaridad como “ética del cuidado” resulta relativamente fácil cuando existe un referente vital que nos “con-mueve”, que nos “altera”, que no nos deja indiferentes a la experiencia del prójimo. Al fin y al cabo ese prójimo nos acerca a nosotros mismos, nos interpela, nos sensibiliza, nos hace salir del estrecho límite del yo egoísta y  acercarnos al otro en un intento de reconocernos en él como humanos.

 Al hilo de esto que acabamos de plantear, cabe referirse al elocuente contraste que presenta Doris Lessing en Diario de una Buena Vecina,  al enfrentar a Janna con la impúdica evasión, con la indiferencia decidida de esos vecinos de Maudie que no muestran ningún recato al decir: “si nunca pide nada, ni lo ofrece, ya he dejado de preocuparme”. Frente a tal despreocupación, aparece Janna, esa mujer nueva, sensible, que cuida, que no puede dejar de preocuparse por Maudie, aunque no esté con ella, aunque ésta no le pida nada, aunque a veces no sea fácil soportar las desconcertantes reacciones de la anciana no siempre amables, el temor que ésta tiene de perderla. Maudie pasa a ser parte del tiempo de Janna porque ésta cada vez más, sin darse cuenta, va sustituyendo la guía del reloj por los latidos de su propio corazón. 
 Podríamos aquí utilizar la noción clásica de  “vida buena”, entendida no sólo como satisfacción de necesidades materiales, sino como una “ética del cuidado”, un cuidado éste que, aunque calcado de aquel modelo de relación maternal que antes señalábamos, contiene elementos significativos que la hacen diferente. No hay que olvidar que junto al autosacrificio del cuidado materno, entendido de esa forma, existe también una voluntad de control y de invasión del espacio del otro. Esta actitud invasiva y limitadora, no hay que negarla, ni en las instituciones ni en las redes sociales más cercanas. De hecho, tales  actitudes no deberían ser ejercidas  en nombre de una  justicia impersonal, como ocurre en el caso de las instituciones,  ni tampoco en nombre de un idea de amor  que proclama y ejerce  su voluntad de hacer el bien al otro, a  pesar de él y sin dejar tiempo ni espacio para formular la petición (actitud ésta demasiado común en las relaciones personales).
 Este cuidado entendido como “in-finito” amenaza con no reconocer la alteridad radical que hace que cada uno sea primeramente uno, distinto y único.  Se trata de un tipo de relación que favorece o puede favorecer la sustitución de la palabra y las capacidades de los afectados por los problemas, por el discurso,  el concepto  y los recursos de las instituciones,  pero también por la vocación salvadora encarnada en acciones particulares.

La “ética del cuidado” que aquí proponemos no olvida esta ambivalencia presente en la figura materna del sacrificio y opta por un cuidado “finito”, que pone límites a tentaciones invasoras del otro: que alimenta, pero no “atiborra”, que acerca, pero no “con-funde”. Un cuidado entendido a modo de proximidad  y nutrición suficiente como para que sea imposible la soledad y el hambre, pero que en cambio no signifique imposición o falta de respeto por los deseos y necesidades ajenas. Sabemos lo difícil del equilibrio entre “cuidar”  y  “dejar ir”,  entre “velar por” y “dejar crecer”,  una tensión que anima toda relación y que obliga a hacer  un ejercicio de generosidad y respeto no siempre fácil.  (Ver en Francoise-collin)

 La madre de la película “Solas” representaría perfectamente esta clase de relación que se mueve entre la proximidad y la separación, entre la palabra, el tacto y el silencio. También D. Lessing nos habla de ello en una historia llena de encuentros y desencuentros.  Porque si bien es cierto que la ayuda requiere presencia,  a veces cambiarse de casa,  alejarse discretamente, puede ser la mejor forma de cuidar no sólo del otro, sino de si mismo, posibilitando la permanencia de la relación. Como en la  hermosísima película de Ricardo Franco, “La buena estrella”, un ejemplo de solidaridad que no interroga ni recrimina, sino que acoge,  cuida, protege y deja ir, sin esperar nada.

 Cuántos gestos solidarios por parte de todos los personajes, qué lección de “receptividad” y “hospitalidad” la de ese hombre,  vulnerable como cualquiera, con carencias y limitaciones, pero sin embargo tan dispuesto al don,  estando presente cuando se le requiere, pero soltando el hilo del carrete si cree que hay que dejar ir,  aún a riesgo de que el hilo se rompa.  Cuidar efectivamente, no sólo es acción sino pasividad, porque al fin y al cabo el verdadero protagonista en la relación es, o debe ser,  el sujeto vulnerable al que no podemos arrebatar su autonomía para tomar decisiones. 


En las narrativas, ya sean literarias, ya sean cinematográficas, es fácil descubrir uno de los elementos más ricos, y por ello fundamentales, para entender la “ética del cuidado”. Se trata del descubrimiento del “yo auténtico” a partir del  “con-tacto” con el “otro”.  Esta realidad, presente en El Diario de una buena vecina, pero identificable en cualquiera de las historias referidas, pone de manifiesto que no sabemos lo que somos hurgando en nuestra conciencia, como pretenden algunas éticas, sino que nos descubrimos cuando alguien nos pregunta: “¿dónde estás tú?”. Entonces sucede lo inevitable;  la imposibilidad de esconder la propia fragilidad,  la  necesidad que tenemos del “otro”, las posibilidades que nos ofrece el “don” como constructor de identidad y descubrimiento del “yo auténtico”. Ese yo vulnerable y limitado hace posible un encuentro con el otro en condiciones de simetría e intercambio auténtico, sin el cual no es posible  hablar de diálogo y de construcción de un “nosotros”.  La verdadera solidaridad entonces, tiene la fuerza de la relación regida por la reciprocidad, la complementariedad y el intercambio de dos realidades que se saben frágiles y se reconocen en esa fragilidad propia de lo humano.

 El escenario privilegiado para potenciar y practicar este tipo de relación con el rostro y la realidad del otro, más allá de todo pacto y  de todo contrato, es la vida cotidiana,  atravesada por múltiples relaciones informales no siempre generosas y creadoras de vínculos y redes de apoyo real, pero casi siempre más humanas y eficaces cuando se manifiestan en torno a intereses y necesidades inmediatos. Las relaciones directas permiten una visión más amplia de la dificultad que cada cual vive, de modo que deja de ser un simple  problema individual y se inserta en el mundo de lo común. Se puede hablar entonces de experiencias, historias comunes portadoras de un saber natural extraído de la vivencia, un saber que necesita ser re-conocido como potencial de transformación.


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