viernes, marzo 8

El cuidado de los demás y la Ética del Límite (I parte)


Este artículo tiene ya unos cuantos años.  En mi etapa universitaria solía publicar este tipo de cosas, que ahora me parecen tan lejanas. Hoy quiero recordar y homenajear  a la recién desaparecida Francoise Collin.
Esta filósofa belga influyó en su momento en la forma cómo me acercaba yo al tema de la teoría feminista y tuve la oportunidad de transmitir esas ideas a través de mis clases. 

Un aviso: no está el artículo completo, sino que he entresacado la parte que me ha parecido más significativa para mi objetivo: hablar de la ética y del papel tradicional de la mujer.[1]



No es ninguna novedad lo que algunos filósofos y sociólogos han venido describiendo de forma bastante coincidente en las últimas décadas: la crisis de valores en el mundo occidental. Popularmente esta crisis ha hecho exclamar a no pocos aquello de "ya no hay valores", y lamentarse  a la mayoría de la falta de referentes claros desde donde posicionarse en la vida cotidiana e imaginar un proyecto futuro.
La nostalgia de un mundo ordenado y previsible nos ha hecho perder de vista algunos puntos negros de esa pretendida "comunidad ideal” en la que cada cual sabía cuales eran sus obligaciones para con el otro, y podía prever la respuesta que obtendría en caso de necesidad. Se trataba de un tipo de relaciones estereotipadas y faltas, a menudo, de autenticidad. Este modelo moral, por tanto, permitía cubrir las situaciones de infortunio, enfermedad o incapacidad, a través de un tipo de solidaridad que, si bien a nivel práctico resultaba eficaz y suplía la ausencia del Estado en esta tarea, moralmente resulta de dudoso valor o, al menos, debería dejarnos insatisfechos. Y ello porque, en primer lugar, a menudo se trataba de una solidaridad endogámica, sin apenas preocupación por las cosas que ocurrían más allá de la familia o la vecindad. En segundo lugar, porque dado su carácter heterónomo, podía convertirse en una suerte de moral "autosacrifical", negadora de una parte importante de lo que como humanos somos: seres de deseos, necesidades y de simpatías.
Este tipo de solidaridad, propio de las sociedades tradicionales, ha producido verdaderos dramas personales, pérdidas de vida en pos del bien del otro, que difícilmente pueden ser entendidas desde la actualidad.  Un ejemplo lo encontramos en la novela de Laura Esquivel, Como agua para chocolate, a la que volveremos más adelante. Convendría aquí señalar que este modelo moral ha formado parte fundamentalmente de la experiencia femenina. 
 La llamada  por algunos sociólogos “mujer cuidadora” ha constituido el modelo por excelencia de lo que Françoise Collen llama una “ética de lo infinito”, entendida como dedicación absoluta al otro/s Ahora bien, tal exigencia, pretendidamente natural y que tanto ha mediatizado la relación de las mujeres con el mundo, implicaba la idealización de lo “femenino” simbólico como paradigma ideal de toda relación y, por tanto, una total negación de lo “femenino” real. Pero además, es evidente que dejaba a las mujeres huérfanas de su propio yo y, por tanto, proclives a ser, o bien meros apéndices de los otros, o a con-fundirse, de tal forma que cuando nos situamos en ese modelo relacional, resulta sumamente difícil re-conocerse como sujeto más allá de esa “femineidad salvadora”. 
Estaríamos hablando aquí de "perversiones" o de "solidaridades" mal entendidas, tantas veces justificadoras de la dependencia y falta de respeto a la dignidad de las mujeres, a quienes su falta de sentido de los límites cuando se trata de cuidar y pre-ocuparse, no parece del todo digno de ser defendido. ¿Desde qué clase de ética podríamos defender una convivencia en la que el bien de algunos se realice a costa de la infelicidad de los otros? 


Siguiendo con los ejemplos literarios, el personaje de la hermana de Janna en “Diario de una buena vecina” novela de Doris Lessing, representaría un modelo de la hija, madre y esposa “perfecta”, aquella que no puede imaginar su propia existencia si no es en función de la vida de los otros y de lo que esos otros le exigen “sin compasión”. Y lo que más estremece es esa resignación, esa ausencia de todo cuestionamiento. Alguna de las mujeres de la novela, como la amiga de Janna, Joyce, todo lo más se atreven a expresar: “estoy sufriendo, quiero gritar y aullar y desaparecer... y aquí me tienes, preparando la comida para la familia, ayudando a los deberes”.
 Resulta revelador,  en este sentido,  el retrato de la auxiliar doméstica que, a modo de documental, nos ofrece la autora haciendo una descripción pormenorizada y precisa de todas aquellas actividades que realiza a lo largo de un día.

 Es la viva imagen de la mujer atrapada por el cuidado de los otros, la mujer invisible, la mujer que cuida en el hogar y más allá del hogar, esa que gestiona prodigiosamente su tiempo, que siempre está presente cuando la necesitan, pero que nunca puede disponer ni de un instante para ella porque su tiempo, su vida, ya no existe, se ha con-fundido con la de los demás.
  Sin embargo, Alain Touraine, un sociólogo que ha analizado el tema,  nos advierte al mismo tiempo de una patología inversa: la de intentar curar ese desgarramiento al que nos resistimos, dando excesiva importancia a la autoestima, el autodesarrollo, en definitiva,  a la idea de autonomía, entendida ésta como libertad sin apenas compromisos ni límites. Parece que como reacción a tanto deber "sumiso" y sin contrapartidas que compensaran los sacrificios y renuncias, lo que se ha elaborado en los últimos decenios es una cultura en que lo que predomina es la exigencia de  todo tipo de derechos, acompañada de la búsqueda de la felicidad personal por medios absolutamente individualistas y hedonistas. No es extraño que a nadie le guste hablar de cosas como “deber” o “fuerza de voluntad”, porque lo cierto es que ambos conceptos se suelen asociar a un tipo de moral excesivamente rigorista a la que ya pocos quieren adherirse. 
  Es cierto que la banalización del lenguaje y, por qué no decirlo, la ideologización de ciertas palabras, nos ha llevado a una situación en la que utilizar ciertas nociones resulta sumamente incómodo. Es lo que viene a ocurrir cuando hablamos de algo tan ligado a la moral como la obligación o el deber. Y es que si por algo se caracteriza la época actual es por la importancia que desde los medios educativos y socializadores se ha dado a la satisfacción del deseo como uno de los medios de obtención de felicidad. Naturalmente se trata de un tipo de felicidad "light" que despoja a la persona de algunos de sus atributos esenciales: la capacidad de empatizar y vincularse al otro con el que necesariamente ha de convivir.

 Todo colabora a que este "egoísmo" sea considerado legítimo: nada más revelador de este fenómeno que las revistas llamadas femeninas, las dedicadas a la "salud” y al “crecimiento personal" y, desde luego, los medios publicitarios y series dramáticas televisivas. Los mensajes simplificadores del "cuidado de sí" o la "realización",  eluden o enmascaran el hecho fundamental de que no podemos prescindir de los demás a riesgo de dejar de ser personas y encontrarnos más pronto que tarde en un mundo donde la queja y la exigencia subjetiva acaben sustituyendo a la pre-ocupación y a la solidaridad por nuestros semejantes. No debemos olvidar que este clima socio-moral tiene sus efectos en la forma como las personas piensan su futuro y se comprometen con un proyecto vital.

Así, la ética del trabajo y la organización de la  vida doméstica  han sido atravesadas  por esta “moral indolora” que puede aceptar algunas normas o prohibiciones, pero que rechaza de plano el “tú debes”, figura del imaginario colectivo del que no hemos sido capaces de deshacernos para construir una alternativa válida que no implique un total desvinculación con los diferentes ámbitos del  “mundo de la vida”.     

Uno de los últimos éxitos editoriales de estos últimos años ha sido el de una joven “treintañera”, que nos ha sorprendido con los problemas y preocupaciones de esta generación llamada post-moderna, o mejor, ultramoderna. Nos referimos a Bridget Jones, un personaje creado por H. Fielding y que se ha convertido en un fenómeno sociológico y en un fiel exponente de tantas “heroínas” contemporáneas que son un dechado de inseguridades, dietas de adelgazamiento, miedos profesionales y ansias de novio perfecto. Algunas de las series televisivas de más éxito presentan la vida cotidiana de estos/as jóvenes dedicados a la profesión y a la búsqueda del ligue permanente de un modo casi obsesivo.

 Son la viva imagen de esa “felicidad ligth” que describe G. Lipovetsky en su ensayo  El crepúsculo del deber.  A través de ellos podemos entender esas dos lógicas que el autor explica: una ligada al hedonismo y a la búsqueda de un placer  más o menos superficial,  y otra ligada al profesionalismo, a través del cual se busca la realización y la excelencia personal, pero que exige dedicación, esfuerzo y renuncia. Ambas lógicas conviven como tendencias socio-morales, pero no nos equivoquemos: las dos tienen un claro elemento individualista. La diversión sirve de antídoto contra el aburrimiento y la falta de metas definidas. Tanto la banalización del tiempo libre, como la total dedicación al ámbito profesional, podrían estar manifestando una huida, un escape, una manifestación del miedo y la resistencia al  compromiso persona a persona, por lo que ello tiene de pérdida de una mal entendida autonomía.

 En definitiva, hemos pasado de la renuncia y el sacrificio personal a favor del bienestar de los más próximos, a una desmesurada ambición de bienestar subjetivo, que puede convertir al otro fácilmente en mero objeto para la satisfacción inmediata.  Personajes literarios de ambas tendencias son fáciles de encontrar y ayudan a comprender lo que de grandeza y miseria hay en cada caso. Y si no,  recordemos a los/as protagonistas de obras literarias trasladadas incluso al mundo del celuloide y que ilustran perfectamente el cambio que estamos describiendo.

 En la obra de L. Esquivel, Como agua para chocolate, y también en otras novelas más clásicas como Sentido y Sensibilidad o en La Edad de la Inocencia, se nos presentan modelos de conducta claramente vinculados a una moral hoy en gran parte superada, aunque probablemente no desterrada.
 En estas historias, los personajes femeninos y muchos de los masculinos se ven abocados de un modo casi determinista a ocuparse de otros, a cuidar de alguien durante toda su vida. Representan el sentido del deber llevado al extremo del que antes hemos hablado, aquel que no nos satisface apenas, sino que más bien despierta en nosotros un rechazo visceral porque, al fin y al cabo, parece más un atentado a la propia dignidad que un valor moral auténtico.
 En cambio, las nuevas heroínas” de la literatura  “de escaparate” o de  series de TV tan en boga como Ally McBeal representan un modo de vida y de relación con el entorno en el que el sujeto está prácticamente aislado. Ya no está bien visto sufrir excesivamente por amor o preocuparse por nada que no sea la autosatisfacción y el éxito.
 A diario somos testigos de escenas como la de la chica del anuncio publicitario que acaba de perder un amor, pero “se desliza feliz con su nuevo automóvil y sonríe”,  banalizando el hecho como algo que no le afecta ya que dos son las cosas que le hacen más feliz: su vida profesional y su coche. Este es sólo un ejemplo del mensaje que nos transmiten actualmente los medios de comunicación: los sentimientos hacia los demás y la dependencia afectiva es un lastre que nos limita y nos hace sufrir. Sustituyamos los vínculos sociales por objetos materiales o fines individualistas que nos produzcan satisfacción y no nos causen daño. Siempre podemos encontrar otros modos de dirigir nuestros buenos sentimientos, al fin y al cabo ahí están las catástrofes naturales, las guerras y los pobres del mundo.
La estética del altruismo es el correlato lógico al clima socio-moral que estamos describiendo. Los buenos sentimientos y la solidaridad con los desposeídos forma parte de una moda que corre paralela a esa búsqueda insatisfecha de bienestar individualista. En este sentido, el gran espectáculo del humanitarismo que nos ofrecen los medios de comunicación, especialmente la TV, nos proporciona la ilusión de ser bondadosos y altruistas, borrando cualquier atisbo de culpa que pudiese anidar en nuestra conciencia.  La “tele-caridad” es una solidaridad institucionalizada  y circunstancial que,  como ha dicho M.Maffesoli, transforma el hambre en acontecimiento de moda y permite lavar la culpa colectiva. Ahora bien, ¿qué decir de la obscenidad que representa la visibilidad de tantas grandes empresas que, aprovechando el sentimentalismo social, hacen publicidad gratis, beneficiándose así del espectáculo en el que todos de una u otra manera participamos? Y no hablemos de la "Tele desgracia", a partir de la cual cada día asistimos al espectáculo de mujeres abandonadas o maltratadas, madres sacrificadas, discriminados por gordos, por flacos, por orientación sexual, etc. La “desgracia” es aprovechada como reclamo y apelación a los buenos sentimientos, pero también es verdad que en el fondo no obliga a ir más allá del simple sentirse afectado cuanto más identificado con un colectivo. Mientras tanto, la vecina, el hombre que vemos a la entrada del metro, la soledad de nuestros propios padres o hijos, en definitiva, las desgracias que piden algo más que indignación, esas las negamos, las rehuimos o las ignoramos. Sin restar valor a las personas de buena voluntad que dedican un tiempo personal a convivir y colaborar con proyectos en el Tercer Mundo y a aquellas que de forma anónima hacen aportaciones a causas justas; lo que resulta más sorprendente es la total e inconsciente disociación que mostramos entre este tipo de gestos y nuestra vida cotidiana. Aquí sí que podríamos hablar de esquizofrenia moral: hoy debo ser un profesional eficaz y racionalista, mañana un individuo hedonista que se ocupa de su cuerpo y de divertirse, pasado mañana un buen ciudadano preocupado y atento a los sufrimientos de los débiles. La fragmentación total de la vida y de la persona no puede ser más clara.
Cuando hablamos de solidaridades institucionalizadas, quizás los ejemplos que hemos puesto no sean los que más interesa resaltar, a pesar de su espectacularidad. Convendría detenerse, aunque sólo sea a modo de breve reflexión, para hablar también sobre cómo la solidaridad puede ser secuestrada por las instituciones. El Estado del Bienestar ha potenciado, como señala Adela Cortina, una ciudadanía pasiva, “un simple derecho a tener derechos”, en lugar de una ciudadanía activa, “capaz de asumir responsabilidades”. Ya lo anunció L. Strauss hace más de cuarenta años, refiriéndose a este fenómeno: "la modernidad es una cultura en la que el hecho moral fundamental es un derecho y no un deber". Resulta alentadora la denuncia de algunos filósofos actuales como E. Levinas frente a la pérdida  en nuestra cultura de un tipo de motivación moral para la acción como es la compasión, ese sentimiento subjetivo que nos lleva a pre-ocuparnos y a ocuparnos de los demás, independientemente de que existan mecanismos institucionales capaces de responder a ciertas carencias o necesidades. Por eso, la apuesta por la responsabilidad subjetiva constituye una alternativa que liga perfectamente con la idea de solidaridad,  entendida como respuesta  al otro real, concreto, el que sufre y demanda ayuda. Porque, si yo no respondo, ¿quién responderá por mí? ¿Podemos escondernos o responder ante nuestra propia conciencia con aquella frase bíblica: “acaso soy yo guardián de mi hermano”? Este interrogante tiene sentido si se supone que el “YO” es sólo “cuidado de sí” pero, como bien dice E.Levinas, el “YO” es en la relación ética cuidado del otro. En este sentido, tal vez habría que darle la vuelta al argumento kantiano y decir que nuestras responsabilidades morales emanan  y están condicionadas por la  presencia del otro singular, irrepetible, con rostro[2]. Se hace necesario, por tanto,  ir más allá de la justicia, hablar y promover una “ética del  cuidado”, una ética que tenga al otro concreto como principal punto de mira y de acción.

En pocas obras literarias, como en Diario de una Buena Vecina, se perciben esas pequeñas solidaridades naturales frente a cierta ineficacia de las instituciones, esas laberínticas estructuras en las cuales, como afirma la protagonista,  sólo es posible resolver algo si por ventura se encuentra “la persona determinada”. D.Lessing con su novela hace un verdadero alegato sobre la importancia de “las personas determinadas” más allá de las instituciones, porque las organizaciones sociales muchas veces son ciegas, viven sólo para si mismas y prescriben lo que los fríos cálculos y la ley considera oportuno, aunque la persona en cuestión, la verdadera protagonista, desestime el recurso que le dicen le corresponde, como ocurre con Maudie. Nuestra anciana se resiste y se muestra hostil ante esa ayuda formal que percibe con desconfianza y que vive más como una amenaza que como un apoyo (probablemente, una amenaza ante todo contra su dignidad personal).

No se nos pasa por alto tampoco la crítica que la misma asistente social en la novela formula al respecto de la burocratización de la ayuda profesionalizada y de la falta frecuente de conocimiento directo por parte de los profesionales de la realidad particular de las personas receptoras de ayudas institucionales. Probablemente también sobran los comentarios ante esa competición absurda pero real que mantienen los técnicos por la autoridad en la prestación de la ayuda, olvidando que el reconocimiento por parte del que la recibe sólo se da cuando esa ayuda tiene por encima de todo en cuenta a la persona: lo que piensa, siente, quiere...


[1] Este artículo es parte de un trabajo más extenso escrito en colaboración con  Silvia Navarro Pedreño: “Red Social y vida cotidiana. Un universo solidario” (A propósito del Diario de una Buena Vecina). Publicado en la Revista Trabajo Social, Servicios Sociales y Política Social, nº 51, tercer trimestre, 2000.
[2] Aunque aquí se habla de Levinas, queremos aclarar que tanto en este apartado, como en el resto del trabajo, especialmente en la utilización de algunas nociones como “hospitalidad”, “caricia”, “rostro del otro”, etc. están inspirados fundamentalmente en la lectura que han realizado Juan-Carles Mèlich y Fernando Bárcena de tres autores: H.Arendt, Paul Ricoeur y E. Levinas. BÁRCENA, F., MÈLICH, J.C. La educación como acontecimiento ético. Natalidad, narración y hospitalidad. Barcelona, Paidós. 2000. Ellos nos han facilitado el acercamiento a estos pensadores con los que nos sentimos especialmente identificadas.       

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