lunes, septiembre 26

La fuente y la muerte

Desde el jueves por la noche me queman los dedos y me palpitan las palabras en el pecho y en la cabeza. No todos los libros que leo los comento en este blog; algunas veces por falta de tiempo, pero casi siempre por falta de pasión; porque la historia que me cuentan me ha dejado fría. De hecho, confieso que algunos los dejo abandonados sin pasar de las primeras páginas. No lo puedo remediar. A mí me gusta la literatura porque me emociona, o porque me esté contando algo intelectualmente muy jugoso. El caso de La fuente y la muerte me ha fascinado desde sus primeras líneas.
Me temo que este libro va a ser leído por muy poca gente. Ni su autor, ni la editorial gozan de esos privilegios de los medios, que hacen que algunos libros sin mucho interés salgan a la luz del día y además den pingües beneficios a sus autores. Se trata de una obra sencilla, como su propio autor: Pedro Sevilla, un poeta de Arcos de la Frontera, un pueblo blanco, situado a pocos kilómetros de Jerez; entrando ya en la sierra gaditana. Arcos es un lugar hermoso donde, según parece, es fácil ser poeta. Bueno, es un decir, porque poeta… poeta… no es cualquiera.
Pedro Sevilla
Pedro es un hombre de la sierra. Es así como yo lo definí la primera vez que lo vi y que hablé con él en el despacho del Ayuntamiento de Arcos. Era entonces un concejal que se ocupaba de temas culturales y de enseñanza. El caso es que fui a verlo porque le quería proponer un proyecto de animación a la lectura para las escuelas del pueblo. Se mostró sumamente amable e interesado por lo que le ofrecía y quedamos en que me daría una respuesta en breve. Recuerdo que me regaló un libro sobre literatura oral, tema del que estuvimos hablando en la entrevista.
Debo confesar que lo primero que pensé al salir de aquel despacho fue que aquel hombre no parecía un político. Tenía algo que lo diferenciaba de la mayoría de los que conozco, personalmente o por los medios: autenticidad. Pedro era de verdad. Ni sus gestos ni sus palabras tenían otra pretensión que la de comunicarse sincera y honestamente conmigo. Ni siquiera se esforzaba en sonreír. Sí, porque este hombre tan parco, tan sobrio en palabras y en gestos, es fundamentalmente triste. Pero tuve la impresión de que me podía fiar de él; de que no iba a decir una cosa y a hacer otra. Porque este hombre rezuma credibilidad y coherencia.
Después de ese día busqué sus libros. Quería confirmar mis apreciaciones. Lo leí y me encantó su poesía; quizás por lo sencilla, porque al fin y al cabo no me considero una entendida.
Hacía tiempo que no sabía de él. Su mundo y el mío no han coincidido más que en ese momento que describo. Y ahora lo encuentro en este hermosísimo libro.
Lo primero que llama mi atención es la portada: escena en la calle de un pueblo blanco: el burro que vuelve cargado de la huerta, los niños jugando y seguramente observando al retratista mientras éste hace la foto, y la mujer vestida de negro, ajena, caminando junto al animal. Es una imagen de los años cincuenta, como mucho de principio de los sesenta.
Como niña de pueblo sureño que fui, aunque no hubiese conocido al autor, me hubiese sentido atraída por la portada y seguramente habría corrido a comprarlo.
Pero vayamos a lo que aquí nos ocupa:
La fuente y la muerte es un libro de memorias, pero muy diferente de cualquier otro que conozcáis de ese género. Porque se trata de una memoria poética. Pedro relata la vida de un pueblo, a través de una prosa, repleta de imágenes llenas de lirismo y ternura; de una riqueza lingüística impresionante, y al mismo tiempo de sencillez y sinceridad. El poeta no nos muestra una historia individual, sino el latir de un pueblo, con sus personajes más o menos peculiares, como Pepe, el tonto del pueblo; o el tío Frasquito, o Manuel el cartero.
También nos regala escenas y retratos entrañables y conocidos para quien haya crecido en un pueblo durante los años cincuenta/sesenta: las costureras de ojos claros, con su labor en la mano, esperando la llegada de un novio; la abuela, sentada en la silla de enea, quitando piojos a sus nietos; el maestro, empeñado en enseñar a sus pupilos en un aula improvisada y destartalada; el pan con aceite a las seis de la tarde; o las conversaciones masculinas en la barbería y las miradas lascivas de los paisanos al paso de las muchachas en flor.                                                             
De la mano de su abuela, el poeta nos acerca a los entierros, y a los eternos lutos de las mujeres, siempre afligidas, pero según dice el autor, llenas de sabiduría. “Las mujeres lo saben todo, dice. Son expertas en el dolor, son todo un tratado sobre el dolor, sobre el amor, sobre la muerte y sobre el olvido” De esa sabiduría primigenia era de donde extraían la fortaleza para superar los miedos, las incertidumbres del día a día, o el dolor por las pérdidas.
¿Cómo explicar la asombrosa facilidad con la que su abuela podía pasar de la lágrima a la broma y las risas, mientras compartía con las vecinas la pequeña desgracia del día? ¿Y cómo era capaz de mostrarse amorosa, besucona y dicharachera con el niño, y en un segundo, amenazarlo con darle un buen tortazo por cualquier niñería de esas que en aquel tiempo parecían tan graves a los mayores? Qué amor y qué ternura destilan las palabras de Pedro hacia esta mujer, más que una madre para él: “Pobrecita mi abuela, siempre vestida de negro y con sus ojos azules” Con ella y con las demás mujeres que van apareciendo en el libro tiene una mirada compasiva y comprensiva. Nos las presenta llenas de humanidad: resueltas y valientes para sacar adelante a sus hijos, pero a la vez miedosas y siempre obedientes a la autoridad; fuertes, para soportar las adversidades y servir de puntal a toda la familia, y a la vez tremendamente frágiles, expuestas a embarazos, a abandonos, a malos tratos; alegres y dicharacheras, pero con el ¡ay! siempre en los labios. Madres sufrientes y madres amorosas, como la suya propia, a la que dedica hermosas palabras.
Como contrapunto, los hombres aparecen como seres débiles y pusilánimes. Desde pequeño, Pedro fue testigo de ese ir y venir de la casa a la taberna y de la taberna a la casa. En el camino habían dejado la mitad del mísero sueldo que de vez en cuando recibían del trabajo de jornaleros. Hombres tristes, asustados, desalentados por siglos de opresión y de miseria. Como su padre, al que, tardíamente, acaba comprendiendo, pero al que durante años miró con una mezcla de amor, distancia, miedo e incluso celos. Cosa que le provocaría no pocos sentimientos de culpabilidad.
No quiero dejar pasar la oportunidad de referirme a algunos de los capítulos que me han emocionado especialmente. En las primeras líneas, el poeta recrea la historia de amor de sus padres, o mejor dicho: el momento justo en que se produjo su concepción. Un joven con camisa blanca impecable y chaqueta de domingo, arrastra a la costurera de ojos claros, hasta el lugar más escondido, a la salida del pueblo y allí el deseo se hace encuentro amoroso. La escena, imaginaria, por supuesto, no puede ser más hermosa.
Me he sentido totalmente identificada con algunos capítulos que Pedro dedica a la escuela. Me ha venido a la memoria el drama de muchos padres de la Andalucía amarga de esos años por no poder dar a sus hijos algo tan fundamental como una buena educación. El padre de Pedrito, aunque lo disimulara, sufría. No quería ver a su hijo en las mismas circunstancias que él tenía que vivir: yendo de cortijo en cortijo, trabajando de sol a sol por unas míseras pesetas; o teniendo que emigrar a Alemania. Pero el futuro de los jornaleros estaba marcado. De generación en generación los hombres seguían el sendero marcado por sus antecesores. La queja se convertía en borrachera o en cante hondo, una forma de expresión con la que el padre de Pedro se quedaba embelesado y ausente junto a la radio.
El autor rememora en los primeros capítulos la ausencia de su padre, como tantos otros emigrados a Alemania. Resulta enternecedor la imagen del niño, a quien su madre mandaba esperar, sentado en el escalón de la casa, la llegada del cartero.  Más tarde, relata su viaje de niño trabajador a Catalunya,  apenas con 14 años, lejos de sus padres y de su abuela. No he podido evitar sentirme cerca de ese niño de mirada perdida y triste, que tiene que encontrar su lugar en un mundo tan diferente al suyo.
Y quiero entender en sus palabras que aquel viaje, a pesar de todo, representaba para él esa posibilidad de una vida mejor, que  esperábamos los que nos fuimos de nuestra tierra.
Siento su sufrimiento por la vuelta temprana, cuando estaba saboreando las mieles del amor y de la libertad. Pedro vuelve al sur por un acto que no hace más que confirmar su bondad y su inocencia.

Es muy difícil resumir en esta reseña todo lo que el libro contiene, y las emociones que provoca. Aunque me temo que esto es muy subjetivo, porque no puedo evitar mirar con nostalgia y media sonrisa esta historia que me resulta tan próxima. Un niño de familia humilde que destaca, que “promete”, como se decía entonces. Perico es consciente de su singularidad y tiene que manejar las diferentes reacciones que ese hecho provoca. Por un lado, las expectativas que vecinos, maestros y familia ponen en él, pero también algo menos agradable: la envidia de sus compañeros de clase y la soledad resultante de esa rivalidad.
Me emociono cuando su padre se lo lleva, con una cuadrilla de jornaleros, a un cortijo cercano a Jerez. 
Gañanía en un cortijo
Tenía 16 años y ya leía con fervor a Machado y a Juan Ramón Jiménez. Lo he imaginado sin dificultad, y he comprendido perfectamente sus sentimientos. He recordado mi empeño en hacer las mismas cosas que hacían mis vecinas de la Carrera Alta, y cómo ese empeño me llevó a formar parte, con sólo 14 años, de una cuadrilla de aceituneras en la finca del marqués, cercana a mi pueblo. Ese sentimiento de pertenecer a un grupo, de sufrir con los tuyos la crudeza del trabajo en el campo, de sentirte útil y ganar tu primer sueldo, es lo que he visto en el relato de Pedro, pero también es lo que yo sentí entonces.
Yo desde luego no duré más de dos semanas. Él, acabó la campaña de la remolacha y aprendió algo que nunca olvidaría: que un verdadero hombre tiene que ser fiel a su palabra. Se lo enseñó la actitud de su padre, ante las presiones sufridas por los sindicatos y capataces.                                                                       
A partir de entonces, lo vio como un “Jabato” y lo admiró profundamente. Comprendió que también en el hombre había esa dualidad que tanto le preocupaba de sí mismo; vaya, que nadie es de una pieza, entiendo que quiere decir. Lo maravilloso es que este joven poeta ya era capaz de ver algo tan complejo como los conflictos internos, tan intrínsecos a la naturaleza humana.
Hay que ser valiente para confesarse como él hace; como una persona vanidosa, llena de miedos y de culpabilidades, buscando siempre la rectitud moral. Pero no se trata de algo relacionado con normas o con grandes principios abstractos, no. Para él la bondad está estrechamente ligada al amor, a la compasión y la comprensión de los dolores y males ajenos...
Una moral muy sencilla, pero difícil de practicar, porque para eso hay que ser “bueno”, en el buen sentido de la palabra, como bien dice Machado. Hay en Pedro una necesidad de estar de acuerdo con una cierta imagen ideal a la que quería responder desde niño, y que probablemente aprendió a través de sus lecturas y de los pocos maestros con los que se encontró y que supieron transmitirle esos valores de los que, me temo que, aunque quisiera, no podría desprenderse.
Paisaje de huertas en Arcos de la Frontera
El título del libro hace referencia a la muerte y la muerte está muy presente en su memoria y en sus experiencias más cercanas. Pero ese dolor que transmite en los últimos capítulos es mejor no comentarlo aquí. Prefiero que quien se quiera acercar a este autor, lo haga directamente leyéndolo. Yo al menos lo he disfrutado, lo he sufrido, lo he llorado y agradezco profundamente haber tenido la ocasión de conocer a Pedro Sevilla, sin atributos, sencillamente un hombre íntegro y bueno, “en el buen sentido de la palabra”. 

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