martes, julio 6

Casi un amor... platónico

Aquella tarde de Mayo, Alicia no daba pie con bola. Delante del armario, dudaba sobre qué ponerse para dar una buena impresión. No quería parecer demasiado arreglada, pero necesitaba estar guapa, porque el encuentro para el que se preparaba, lo merecía. El lugar era hermoso: la plaza del monasterio de un pueblo muy cercano y al que se tenía que desplazar en autobús. Era un buen sitio para encontrarse con él. Llevaba años pensando en ello; soñaba tantas veces con volver a verlo… Pero había necesitado una excusa, porque eran demasiado tiempo y daba un poco de vértigo pensar en una conversación que tuviera algo de sentido. Ella, desde luego, no era la misma. Había entrado en la madurez y conocía más el mundo; su experiencia vital nada tenía que ver con la de aquella jovencita a la que él conoció. Dieciséis… diecisiete años… la vida por delante, los ojos transparentes y abiertos al mundo, una inocencia que se intuía, incluso que podía ser muy evidente y resultar algo trasnochada.
La vida los había llevado por distintos caminos. Se conocieron en aquellas oficinas de un gabinete de abogados, donde ella aprendía a rellenar expedientes, mientras que él ya estaba acabando sus estudios. Pronto sería todo un abogado, joven, eso sí, y más interesante que guapo. Tenía enamoradas a las chicas que trabajaban en el edificio, con las que muchas veces coincidían en los almuerzos, en aquel bar, testigo de tantas historias.

Por eso, Alicia no comprendía muy bien la razón de que le hiciera tanto caso; de que le gustara tanto hablar con ella; de que se prestara a acompañarla en su SEAT 600 color lila, cuando salían un poco tarde de la oficina… A veces, viajaban en metro juntos, hasta la parada final de la línea uno, y en el “barucho” que había en la entrada, pasaban momentos inolvidables, simplemente charlando. A ella ese tiempo se le antojaba muy corto, porque hablaban de temas estimulantes. Tenía la impresión de que él sabía de todo, de que, a su lado,  aprendía mucho. Además, por qué negarlo,  era una forma de estar con el chico más guapo y deseado de los que conocía. Pero seguía sin entender el interés de él por su compañía. Seguro que le resultaría facilísimo salir y entrar con aquellas muchachas tan bien vestidas, con los ojos pintados, siempre subidas en sus tacones… vaya, mucho más atractivas que ella, que, como aquel que dice, acababa de aterrizar en la ciudad. No había que ser muy avispada para darse cuenta de que su aspecto la delataba: la ropa, todavía elegida por su madre, su corta estatura, su rostro pecoso y aniñado; el pelo corto y sin gracia, aunque algunas veces lograba peinarlo al estilo de las chicas ye yés. Pero sobre todo, tenía ese aspecto inseguro de una adolescente que no se siente bien en su piel.
Recuerda aquel día, al inicio de las vacaciones de verano, cuando la acompañó hasta muy cerca de su casa, porque le venía de camino. Eso dijo, aunque la verdad es que no era la ruta más corta para llegar a un centro, donde impartía clases de materias que ella nunca supo. Al despedirse, como era costumbre en aquella época, con un simple apretón de manos, le entregó una bolsa con dos libros. Era un préstamo. Debíó pensar que la lectura le haría menos tedioso el verano, más soportables las larguísimas tardes del pueblecito sureño donde pasaba ese tiempo estival.
Alicia le dio las gracias algo nerviosa y sin saber qué decir. Llegó a su casa, y casi sin soltar el bolso, abrió el paquete.  No tenía ni idea de la clase de literatura que se encontraría. La sorpresa fue mayúscula: un imponente tomo de La montaña mágica, de un autor desconocido para ella: Thomas Mann. Y La peste, de Albert Camus. No conocía a esos escritores, ni mucho menos, de ahí su estupor. Alicia no tenía mucho recorrido en eso de la literatura, porque su economía no le había permitido dedicar un presupuesto a la compra de libros. Claro que tampoco tenía un ambiente intelectual, ya que su vida, hasta ese momento, había transcurrido entre un pequeño pueblo del sur y aquel barrio, donde casi todos eran inmigrados: gente del campo, con pocos recursos y sin apenas estudios.  Por eso, ese recuerdo le ha quedado prendido en algún rincón de la mente, o quien sabe… quizás del corazón. En aquel mes de agosto, en la casa de su abuela, en el pueblo, intentó por todos los medios leer los libros, cosa que le resultó del todo imposible. Naturalmente, ella achacó su dificultad a ese vacío cultural del que era tan consciente y que la avergonzaba.
Mucho tiempo después supo que aún no era el momento; que no estaba preparada para aquellas lecturas. A pesar de todo, no ha olvidado ese gesto; esa inocente generosidad de él; ese interés por cultivarla, por abrirle ventanas y caminos. Quién sabe, tal vez el gesto del joven tenía más que ver con su propio ego, con la necesidad de ser reconocido, admirado...amado incluso, aunque sólo fuera por aquella muchachita tan despierta y siempre predispuesta a escucharlo.
Durante mucho tiempo, los libros permanecieron en la casa de Alicia, y no recuerda qué clase de excusa le sirvió para justificar aquella especie de préstamo indefinido.
La evocación de este episodio le sirve de compañía, mientras el autobús se encarama por los callejones del pueblo, muy cerca ya del monasterio. Son las siete de la tarde y la plaza está muy concurrida. Se dirige hacia uno de los bancos de piedra, donde ha decidido pasar la última parte de la espera. Lo divisa al fondo de la calle, muy cerca. De espaldas, habla por el teléfono móvil y reconoce su postura corporal, porque aún no ha visto su cara; ni siquiera recuerda bien cómo eran sus ojos…
La plaza está repleta de madres con niños, de personas mayores que charlan animadamente. El corazón salta dentro del pecho… Tiene miedo… ¿Qué va a decir después de tanto tiempo…? ¿Qué va a hacer…? ¿Y él…, cómo va a reaccionar…? Decide situarse dando la espalda a la calle desde la que él va a acercarse al lugar de la cita.  Se sienta en un banco de piedra.  Pasan unos minutos, que se le hacen eternos, y ya puede verlo, aunque sólo de perfil. Su impulso es el que dirige ahora la escena: se levanta, se le acerca y llama su atención con un ¡cuánto tiempo…!
El abrazo es inmediato y al unísono. ¡Treinta años, treinta años… ¡ Una cantinela que no cesa, porque Alicia no puede decir otra cosa, mientras toma su rostro entre las manos y mira aquel rostro olvidado. Él se deja hacer. Entre sorprendido y un poco sobrepasado por el entusiasmo juvenil de ella, sólo acierta a responder: Estás igual, los mismos ojos, sigues tan bonita.
La velada ha transcurrido en un local de Jazz muy recoleto, a las afueras de la población. Apenas tres horas de recuerdos compartidos, de preguntas sin respuesta, de intentos inútiles por conocer vida y milagros de cada cual... ¡Ha pasado tanto tiempo...!   Son más de las once de la noche cuando se despiden. Un cariñoso abrazo, intercambio de tarjetas... Un nuevo y, ahora sí, definitivo adiós. Alicia lo sabe. Demasiado tiempo; demasiados abismos entre ambos, casi nada en común que no sean aquellas tardes compartidas, con apenas dieciséis y veinte años, mientras ensayaban sus respectivos papeles: un hombre y una mujer en ciernes, pero con mucho camino por recorrer. Pero lo ha tenido que comprobar, tenerlo cerca y volver a escucharlo... como siempre. Tal y como lo recordaba...

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